En directo | La Xunta prohíbe cruzar el puente en bicicleta El que quiera pedalear en el territorio isleño, que lo haga sin pasar de O Bao. Cruzar la infraestructura que les une al continente en un ciclo puede resultar demasiado peligroso
19 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Estamos en el siglo de las comunicaciones. Ese momento en el que no hay distancias posibles y a un objeto de Cadena 100 no le lleva ni un suspiro llegar desde Taiwan hasta Cuspedriños de Arriba. El mismo siglo en el que nos salen los trenes de alta velocidad por los ojos y podemos ir volando a Londres por lo que cuesta un café. Sin embargo, en este mundo tan bien comunicado, hay excepciones de las que quitan el hipo. Es el caso de A Illa. Resulta que los extracontinentales sólo pueden acercarse al resto del mundo por mar o por ese puente que tiene veinte años pero que, si por su estado fuese, bien podrían darle la jubilación anticipada. Hace unos meses, hartos de saltar por los aires cada vez que cruzaban las juntas de dilatación del puente (los hierros están rotos y los coches los levantan cada vez que pasan), los isleños rogaron a la Xunta que reparase la infraestructura. Allí llegaron varios obreros, cual la famosa serie de chapuzas de Antena 3, y le pusieron cuatro puntos de soldadura. Un apaño que, como era de suponer, duró menos que el canto de un gallo. Ahora, las juntas están rotas de nuevo, los coches saltan cada vez que pasan y no se puede cruzar el puente en bicicleta. La Xunta dice que lo ha prohibido porque, esta vez en serio, van a comenzar las obras que acaben con este infierno. Da igual por qué lo hayan prohibido: menos mal que lo han hecho. A la una de la tarde, el puente isleño está de lo más concurrido. Si uno se sitúa a la altura de las juntas de dilatación -sobre todo las de la parte de A Illa-, puede creer que se ha metido de lleno en un simulador de esos en el que se vive una carrera de Fórmula 1 en primera persona. Viene el repartidor de Nestlé en una camioneta blanco. El hombre no pasa de ochenta pero, qué más da, al llegar a las juntas, los hierros del carril contrario se levantan por los aires y el vehículo da un bote de no te menees. Uno se imagina al Perico Delgado isleño pasando en aquel momento. ¿Dónde habría ido a parar el pedaleante? Con suerte, contra la barandilla del puente -que, por cierto, a esa altura está rota- ,y con menos suerte, a la ría de cabeza y sin bañador de flores. El panorama estremece aún más a medida que se acerca el mediodía. Comienzan a llegar coches y coches. De repente, un golf negro pasa a toda tralla: los hierros se levantan como nunca y no es difícil imaginar lo que pasaría con un ciclista que anduviese cerca cuando el vehículo pasa por encima de las dichosas juntas. Ya es mediodía y ni una bicicleta se ha acercado al puente. Sospechoso que una prohibición se respete tanto. O no. No es el primer isleño que sufre un percance por culpa de esta situación. Son muchos los que saben que, aunque no circulen coches, los hierros están tan torcidos que puede pasar de todo. Por eso mismo, optan por sumarse a la vuelta ciclista: al llegar a O Bao, giro de 180 grados para el centro de la localidad.