ENTRE LÍNEAS | O |
06 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.DURANTE muchos años, la Constitución no fue para mí más que un puente. Muchas veces, como este año, tan largo que más bien parece un acueducto. La Carta Magna, es cierto, tiene sus fallos, sus carencias y fue refrendada en unas circunstancias un tanto extrañas. Vamos, que en 1978 lo que se planteó a los españoles fue o Constitución y monarquía o más franquismo. Esa es la verdad, vaya. Sin embargo, soy de los que creo que aquellos sacrificios hicieron posible la transición política. Sin aquellos esfuerzos quizás nuestras libertades de hoy serían impensables. Ahora las cosas son bien distintas. Seamos serios. Huyamos del afán apocalíptico de algunos políticos. La Constitución necesita un retoque. Muchas cosas que durante un cuarto de siglo han sido casi dogmas de fe en este país deben ser ahora revisadas. Y no hay que rasgarse las vestiduras. A los que temen que reformando la Constitución se dé vía libre a los independentismos les diré que España no es homogénea. Afortunadamente. Somos un Estado -lo dice la Carta Magna- plurinacional. Por tanto, discutir si Galicia, Cataluña o Euskadi son o no naciones es como plantearse si el sol sale o no por el este. El inmovilismo es la mejor manera de cargarse este sistema político con el cual hemos alcanzado cotas de progreso que hasta hace bien poco sólo imaginábamos posibles en otros países.