Reportaje | La repercusión de la desaparición de un banco marisquero Cuando la navaja emigró de A Lanzada, Alfonso Padín vio como la base su economía se volatilizaba. Para sobrellevar la situación ha tenido que volver a la hostelería
13 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Las navajas son un manjar de dioses. Quizás por eso capturarlas resulta tan difícil. Exige sumergirse, a pleno pulmón, en las frías aguas del Atlántico. A pesar de la dureza de ese trabajo, Alfonso Padín Míguez lo hecha de menos. Tras mucho tiempo construyendo su vida a golpe de inmersión en A Lanzada, el banco se quedó hace dos años sin sombra de ese producto. Coincidió justo después de la crisis del Prestige y, aunque la Xunta asegura que no hay ningún elemento que permita culpar a la marea negra de la desaparición de la navaja, a Alfonso las cuentas no le cuadran. «Eu non son ningún estudiado, nin tampouco un científico. Pero se realmente o Prestige non tivo nada que ver, se están tan seguros diso, ¿por que non nos din de que foi a culpa?». Cuando ya se habían superado los días más críticos de la marea negra, los navalleiros de O Grove comenzaron a ver «a cantidade de cunchas que chegaban á praia» y sintieron una punzada de preocupación. Era el primer aviso. Luego, cuando los mariscadores volvieron a hundirse en las aguas, comprobaron que allí ya no tenían nada que hacer. «Entón foi cando todos nos levamos as mans á cabeza». La situación bien merecía ese gesto de desesperación: una veintena de profesionales del marisqueo se habían quedado sin el pilar fundamental sobre el que se asientan sus economías. En tierra Con una pata menos en la mesa familiar, a esta veintena de profesionales del mar no le quedó más remedio que intentar hacerse un camino en tierra. Alfonso Padín inició ese recorrido en Tragsa, la empresa a la que la Xunta contrató para limpiar el negro rastro del Prestige . Durante unos cuantos meses, durante ocho horas diarias, se dedicó a recorrer las playas de Sanxenxo y O Grove borrando el rastro del chapapote. El trabajo no era ideal, pero «por lo menos eran unas horas fijas, podía comer en casa, con la familia». Eso es algo que Alfonso tenía antes, con el mar, y que ahora lamenta tanto haber perdido. Porque lo ha perdido. Fue justo cuando, empujado por las circunstancias, tuvo que volver al mundo de la hostelería para conseguir nutrir las arcas de la familia. El trabajo de su mujer, auxiliar en una conservera, no es suficiente para cubrir todas las necesidades de una casa. Ni siquiera sumándolos a los ingresos que Alfonso logra arañar de las rocas en las que nace el erizo. Este año, la campaña acaba de empezar. «Aínda é pronto para dicir como vai ir. O que xa se sabe e que o recurso vai a menos, como todas as cousas. Non é raro, porque as pedras nas que medra foron as máis castigadas, e tampouco teñen moitos nutrientes». Con erizo o sin él, lo cierto es que la vida de Alfonso transcurre ahora a medio camino entre las rocas de la costa de O Grove y los hoteles y restaurantes de la localidad. «O traballo en hostelería, a verdade, non gusta». No ahora, con más de treinta años a sus espaldas: antes, cuando era más joven, ya había probado la dureza de una ocupación en la que no hay horarios, no hay rutinas y no hay salarios dignos para una persona que tiene que mantener a su familia. «Se fose cousa de todo o ano aínda podía irse levando, pero aquí só hai a tempada do verán, e logo unhas datas puntuais... O resto do ano nada de nada», se lamenta Alfonso. Entre extra y extra en los hoteles de la localidad, capea el temporal. «Agora estou facendo por comprar outro barquiño pequeno e dedicarme ao aparello, ou ás nasas. Se non hai unha solución para a navalla algo terei que buscar», dice. Mantiene la sonrisa melnacólica en todo momento. La esperanza, recuerda, es lo último que a un hombre se le puede arrebatar.