El ansia de ser carrilano

María Hermida
María Hermida VILAGARCÍA

AROUSA

Testigo directo | Comensales de la caridad El buen tiempo trae a Vilagarcía a gentes de todas partes y mochilas cargadas de pulseras y duras experiencias

19 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

?íctor, «El Indio», por sus melenas negras y lacias, no lleva tres días en Vilagarcía. Hace años que llegó a la ciudad después de curtirse en batallas por Pontevedra, Madrid y Segovia . Él ya no es un carrilano, como ellos mismos denominan a los indigentes que van de un lugar a otro, pero ansía volver a coger la maleta. «No puedo más con Vilagarcía, aquí sólo me hablan de drogas», comenta. A las dos menos diez llega al comedor de Cáritas. Charla con los titiriteros. Portugueses, madrileños y muchos otros, según él, «hippies, hippies» que sólo se quedan dos o tres días en el mismo lugar. Mientras cuenta que resiste gracias al «chupito de metadona», el colchón de un amigo y la comida de Cáritas, habla de los nuevos transeúntes. «Aquel jovencito rubio es portugués, creo que vende pulseras», advierte el veterano Víctor. Se dispone a contar la historia de sus colegas, pero le pueden las ganas de contar su calvario. Según dice, su drama comenzó en estos mismos lares, cuando su mujer se puso a hacer la calle y meterse «lo que no debía». Ella se suicidó y de aquella época a Víctor sólo le queda un hijo de ocho años. Los ojos le brillan cuando cuenta que su pequeño, que vive en Segovia, «ya me da casi por el pecho». No puede hacerse cargo de él ya que, «antes robaba para tener dinero, pero ya no», admite. Actúa de anfitrión entre tanta cara nueva, pero envidia a los que se marchan mañana. En el patio del centro, se nota que no hay miedo. Todos saben lo que es dormir sobre las baldosas callejeras.