AREOSO | O |
09 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.MI TORTILLA está para chuparse los dedos, al igual que la pata de cordero con hojaldre (que me la inventé yo solita) y el pastel de carne picada. Pero mis mañas al fogón no me quitan del problema existencial con las recetas de cocina. Cada vez que le doy un repasillo al libro gordo de Arguiñano (cinco mil cucas en el Teletienda) me tiro de los pelos. Almejas a la marinera, genial, pienso, con esto conquisto hasta al más escurridizo. Ya, ya. Primer paso: pochar la cebolla. Pochar. Tremenda palabra. Seguro que incluso se le escapaba a don Lázaro Carreter. ¿Qué hay que hacerle a la cebolla? ¿Ponerla pocha, osea, hacer que estornude y le suba la fiebre o qué? Me paso al salto de verduras. Punto uno: rehogar las judias. Rehogar, que bonito. ¿Les aprieto el cuello? ¿Las ahorco con una soga? Digan ustedes. A la tercera irá la vencida. Empanada. Sofría el relleno. Sofría. ¿Significa eso que tengo que freír una y otra vez hasta el final de los tiempos?, ¿Qué en lugar de ir al gimnasio haga pesas sacando el sofrito? Ya lo ven. Pidamos que Paco Feixó entre en la Academia de la Lengua. A ver si con el toque galaico mejaramos los vocablos culinarios, hombre.