Una canción para el «albarriño»

María Hermida
María Hermida VILAGARCÍA

AROUSA

ALEJANDRO RODRÍGUEZ

En directo | El rey de las melodías veraniegas conquista Cambados Con su pronunciación francesa, Georgie Dann honró al consagrado caldo cambadés

31 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

?o tiene merecido. El gran Georgie Dann se ha ganado a pulso el título honorífico de rey de la canción veraniega. Lo demostró en Cambados. Es el único capaz de quitarle el hipo a los abueletes con las minifaldas de sus bailarinas mientras hace que a las parejas cuarentonas se les caiga la lagrimilla recordando aquella «paloma blanca que a los ojos me miró» con la que se dieron el primer beso y, al mismo tiempo, lograr que centenares de jóvenes coreen «Georgie Dann, Georgie Dann» y le pidan extasiados La Barbacoa. Varias generaciones de Garcías, de Duranes, de Trigos y de Fernández se dieron cita en la empedrada plaza de Fefiñáns para asistir, en vivo y en directo, al espectáculo del hombre hecho canción pegadiza. Georgie puso los ritmos, los recuerdos afloraron solos. No hay verano sin él. Sin grandes luces, sin grandes esperas, sin demasiada parafernalia, sólo con la voz centenares de jóvenes coreando «que salga George Dann» de fondo, saltó el dueño del Dale, Dale a la palestra. Lo teníamos delante y, entonces, nuestros veranos aparecieron como por arte de magia. Aquel agosto de finales de los ochenta en el que María y Juan se enamoraron al son de «el negro que estaba rabioso». Julio del noventa y tantos, el verano en el que las juergas nocturnas se bailaban con el «chi,chi, chi» de El Chiringuito como protagonista. La boda estival de aquellos amigos en los que «La Barbacoa» era lo más de lo más. Y los desfiles de carnavales, qué sería de los disfraces y matasuegras sin el inconfundible «Carnaval, Carnaval». El espectáculo de Georgie es como subir al desván y encontrarte las increibles cartas de amor adolescente, los recuerdos de aquellos maravillosos años. Es por eso, que el show se va haciendo a lo largo de las dos horas de concierto. Tal cual. Cada vez que remataba una canción, el artista se acercaba a los cambades diciendo «¿Cual quereis ahora?». Y, una por una, fue tocando las peticiones de sus entregados seguidores. De aquella macro peña que lo mismo cantaba la ranchera «ai morenita, bonita, que lindos ojos negros» que seguía a Georgie mientras, haciéndole un homenaje a la tierra meiga, traía los sonidos de las gaitas a Cambados. La fiesta estaba armada. Y mención aparte merecen el coro de bailarinas de Georgie. Hubo quien no cerró la boca en todo el concierto. Quien ni tan siquiera parpadeó con los contoneos de las muchachas. Eran Mercedes, Reme, Lady, Mely y una guapa madrileña de cuyo nombre Georgie no se acordó. Las cinco bailaban, las cinco se cambiaban de modelito, las cinco sonreían y las cinco ponían la guinda al gran pastel de diversión musical. Todo lo hacían a la vez. Digno del mejor aerobic, como si de gimnasia rítmica rusa se tratara, las chicas movían brazos y piernas al compás del «levantando la cortina» y demás canciones. Entre los músicos, el guitarrista de Noia, Pedro, ponía la nota galaica al show. El regalo de David Pero a Georgie le sobran tablas. Sabe ganarse a su gente. En medio del concierto, mandó subir a todo un caballero cambadés para bailar el Cumbó con sus chicas. Lo hizo y Georgie le regaló su cedé y la promesa de elegir a una de las señoritas. A David, de la calle O Cruceiro, los ojos le hicieron chirivitas. Fue uno de los momentos picantones. De ese tono rojo que Georgie le pone a sus temas cuando habla de «las salchichas a la brasa y los chorizos parrilleros». O la que dice «dale por el día, dale por la noche, dale cuando puedas, dale hasta el en el coche». La traca final fue para él. Para el dios cambadés. Para el más blanco y mejor. Georgie está en todo y, no, no se olvidó: hubo canción especial para el albarriño.