TENGO UN amigo y compañero periodista que trabaja cubriendo los juicios en la Audiencia de Pontevedra. Alfredo se llama. Hablamos casi a diario y no hay día que no me cuente cosas espeluznantes. El terrorífico pan nuestro de cada día son padres que abusan de sus hijas y hombres que pegan a sus mujeres. ¿Cómo alguien puede llegar a semejante grado de barbarie? ¿Cómo puedes ser un monstruo sin sentir la necesidad de autoeliminarte? Los recovecos de la mente humana son a veces extraños. Sórdidos. Terribles. Repugnantes. Lo peor es que tipejos como los que protagonizan estas macabras historias siguen aún protegidos en muchos casos por jueces que impiden a los periodistas asistir a sus juicios o tener acceso a las sentencias condenatorias. La sociedad tiene derecho a saber quiénes son capaces de estas atrocidades. Para aislarlos.