SECCIÓN | O |
02 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.LA PALABRA la puso de moda un insigne político de la nación. Naftalina. La usó para definir el olor que desprenden los actos organizados para honrar la memoria de los paseados, los exiliados y de todos aquellos que sufrieron en sus carnes la represión de Franco, ese dictador que pasó por la historia de España con la fuerza del caballo de Atila. Decía ese insigne político de cuyo nombre no quiero acordarme que ese tipo de actos homenajean «no se sabe a quién». Parte de razón lleva. Las cunetas de España están llenas de cadáveres anónimos por los que ningún gobierno parece preocuparse. Por eso no se sabe exactamente a quién se homenajea. Porque hasta su nombre y su recuerdo fue, muchas veces, robado a punta de escopeta en una noche oscura de los años 30. Vivimos en un tiempo en el que algunos intentan que las palabras «rojos» y «nacionalistas» vuelvan a ser sinónimos del «coco». Pero el clarividente político del que les hablo ha querido ser más elegante en su discurso, y ha buscado una palabra para decir que esos rojos peligrosos huelen a rancio. A naftalina. Pero tal vez lo que ha llegado a sus narices no sea más que el olor del armario en el que está escondido. El de la derechona recalcitrante.