Vilagarcía, el imperio del agua

Rosa Estévez
Rosa Estévez VILAGARCÍA

AROUSA

Reportaje | Miles de personas reciben un remojón colectivo en las calles de la ciudad En la capilla de San Roque, Carlos Blanco arengó a la tropa: «Hai que mollarse», dijo, dándole el sentido más amplio posible a la frase. Y entonces comenzó la cruzada acuática

16 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

A las tres de la tarde, en las calles de Vilagarcía no quedaba nadie con la ropa seca. «Hai que mollarse», había gritado a mediodía Carlos Blanco, el pregonero de la Festa da Auga. Y las miles de personas que habían acudido a la capital arousana siguieron estrictamente la orden. Ansiosos por recibir su bautizo, los fieles de San Roque comenzaron a reclamar fiesta. Y como un gran y caótico ejército, fueron conquistando una a una las calles del centro de la villa. Al grito de agua, agua y más agua, los cruzados del líquido elemento sortearon todos los obstáculos, cruzaron incluso la línea imaginaria que marca la frontera de la zona húmeda, evitaron, o no, el ataque acuático de los camiones de Protección Civil, y dejaron por todas las calles los estandartes del imperio del agua. El ejército del agua lo formaron ayer soldados de Vilagarcía, de todo O Salnés, de toda Galicia, «e do mundo enteiro», según Carlos Blanco. Sus uniformes eran de lo más variado. Pero primaba un color sobre todos los demás: el negro. El color del chapapote. Y es que los fieles de San Roque, devotos de las aguas limpias, no se olvidaron del Prestige . Muchos, como el pregonero, acudieron a la cita con la camiseta diseñada por Nunca Máis para la ocasión. Otros decidieron reinventar los símbolos y las frases. Una vuelta a las palabras y nos encontramos con un «Sempre Máis...Auga». El que no quiso dar vueltas a las palabras fue Carlos Blanco. Sin la presencia de las cámaras de la TVG, «que non puido vir porque tiña que estar na festa gastronómica da gominola», el actor pidió una mojadura global contra la guerra, contra los depósitos de Ferrazo y en defensa del mar. Un chapuzón verbal que fue recibido desde abajo, desde la calle que ya empezaba a estar húmeda, con un contundente grito de «Nunca Máis». Los de Nunca Máis, precisamente, cargados con bombos y demás artilugios aptos para hacer ruido, fueron unos de los grandes animadores de la fiesta. Pero no los únicos, porque todo el mundo llevaba ayer, dentro y fuera, energía suficiente para evitar que la fiesta pareciese no acabar nunca. Algunos se ocultaban tras un disfraz. Pero la gran mayoría sólo se cubría de agua y, también, de la cerveza y del vino que se derramaba a partes iguales por dentro y por fuera del cuerpo. A las seis de la tarde, la resistencia de la fiesta continuaba en las calles. Y continuaban pidiendo agua. Quizás por eso, a las ocho de la tarde, el clima que había respetado la fiesta por la mañana giró sobre si mismo y dio paso a una lluvia desesperada. A esa hora, el día del Agua ya había pasado a la historia. Y lo había hecho con letras grandes, porque el de ayer fue uno de los 16 de agosto más multitudinarios que se recuerdan en la villa.