Los muertos anónimos del 36

Serxio González Souto
Serxio González VILAGARCÍA

AROUSA

Cuatro sepulturas sin identificar esconden en el cementerio de Vilagarcía los restos de un grupo de republicanos que murieron asediados en una vivienda de Loenzo

22 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Ésta es una historia como las muchas que la Guerra Civil dejó tras de sí, la historia de cuatro personas cuya vida se fue al traste un 18 de julio. Sobrevivieron al inicio del Alzamiento fascista apenas unos meses, el tiempo justo para paladear la derrota y conocer la represión. Lo que sigue aconteció en Vilagarcía, y sólo la memoria de unos pocos familiares desperdigados evita que el olvido lo sepulte para siempre. Como a tantos otros hombres y mujeres, como a tantas otras historias. En el corazón del camposanto de Vilagarcía, justo al lado de la capilla, cuatro tumbas anónimas guardan bajo tierra el secreto de un drama sobre el que se acumula ya el polvo de 66 años. El testimonio del hombre que en 1937 ejercía como sepulturero se transmitió de boca a boca, permitiendo reconstruir lo ocurrido. Era el mismo hombre que, una mañana, encontró los restos de cuatro personas, muertas el día anterior. Cuatro personas, que tuvieron más suerte que muchos de sus compañeros, paseados en cualquier camino y enterrados en cualquier esquina. Ellos, al menos, encontraron sepultura en el interior del cementerio.Seguramente fueron abandonados allí por el numeroso grupo de falangistas que se encargaron de darles fin. Horas antes, alertados por un vecino de Rubiáns que fue a recoger hierba y creyó ver una mano furtiva, los camisas azules, la mayor parte de los cuales se trasladaron a Vilagarcía desde Pontevedra para la ocasión, rodeaban una vivienda de Loenzo en la que se ocultaban desde hacía varios días cuatro republicanos. Huida y escondite Uno de ellos, el más conocido, era un sindicalista que había alcanzado cierto renombre en la capital arousana, Rodrigo Berruete Alejandre, alias El Gitano. Era el más buscado y el más temido por los falangistas, que raramente se decidían a dar caza a los escapados sin acumular un número importante de efectivos. Junto a él se hallaban un compañero de Vigo y dos jóvenes: la mujer de la casa, Pilar, de veintitantos, y un muchacho que había optado por huir y esconderse el 18 de julio del año anterior. Razones no le faltaban. Los paseos comenzaron pronto, el 22 de julio, y el joven se refugió en la vivienda de su novia, en el centro de la ciudad. Meses después, en enero del 37, se entera de la muerte de un amigo de 18 años, asesinado a tiros por los fascistas. Es entonces cuando se echa al monte, donde se reúne con quienes serán sus últimos compañeros. El desenlace fue rápido. Los falangistas intentaron incendiar la casa, rociándola con combustible recogido en la única gasolinera que funcionaba en la villa. Antes de que las llamas la devorasen, se escucharon cuatro disparos en el interior. Antes de que el fuego terminase de arrasar la maltrecha vivienda, se escucharon cuatro disparos en su interior Entre los fallecidos se encontraba un conocido sindicalista, Rodrigo Berruete Alejandre, alias El Gitano