El municipio isleño vive con inquietud las evoluciones de la marea negra y no confía lo más mínimo en la decisión de tapar las bateas con lonas de plástico y ladrillos
29 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Una mujer señala hacia una viñeta de Nachortas: un hombre mira hacia el mar con una soga al cuello. «Vístelo, así é como nos sentimos. Así nos sentimos nós agora». Apenas tres personas en un bar de la zona portuaria de A Illa. Un ojo mira hacia el periódico. El otro, hacia el televisor. Una locutora comenta que la marea negra -perdón, el vertido- se encuentra ya a dieciocho millas de Fisterra. Otras dos manchas más pequeñas -sigue narrando- están a quince millas de la isla de Sálvora. Silencio absoluto. Las peores previsiones parece que están a punto de cumplirse, pero a los marineros ya no les quedan más lamentos. Poca gente en la calle. Poca actividad en los muelles. A Illa parece un pueblo irreal. La tragedia no ha llegado aún, pero A Illa ya no parece la localidad vital que siempre fue. Un pueblo enérgico que ahora ya no sabe cómo hacer para encauzar esa energía. Dos marineros salen de la lonja. «Había que facer unha folga», dice uno. «Esto non merese unha folga, merese unha revolusión», sentencia el segundo. «Van acabar con todo», se lamenta. Más allá, en una esquina del muelle de O Xufre, se ven cinco paquetes de ladrillo. Acaban de llegar al puerto y esperan a ser utilizados para cubrir con faldones las bateas de A Illa. Tres mil ladrillos para salvar la ría. «¿E que pensan faser con esto?», se preguntan los hombres del mar. «Xa verán coa primeira reviravolta que lles dea a marea». Ironía para combatir la indignación. El desconcierto y el desencanto abren un hueco a la suspicacia. En el muelle de A Illa nadie cree que la recomendación de cubrir las bateas con lonas vaya a servir realmente para salvar el mejillón. «O que queren é cobrar as subvencións», aseguran. «Esto é un paripé. Se non fan nada, non haberá axudas de Europa. E así sí», comentan. Pero la gente que conoce el mar, porque toda su vida ha vivido de él, sabe que los plásticos y los ladrillos no ayudarán a salvar Arousa de la marea negra. Pero entre la desolación siempre hay quien deja hueco para una chispa de humor. Algunos comentan que la tan deseada ampliación del muelle de O Xufre puede estar cerca de llegar. «Xa temos os ladrillos e agora pode vir o chapapote», se oye decir. «O chapapote había que levarllo alí a San Caetano», contesta otro. «A ver se o domingo non estamos achicando petróleo e podemos ir á manifestasión», comentan en un bar. Desde A Illa saldrán cinco autobuses y alguien calcula que más de quinientos coches particulares partirán hacia Santiago. «Temos que defender a nosa vida», argumentan. Un hostelero le da la razón y apostilla que ésta es una lucha de todos y no sólo de los que viven del mar. «O que pense que non vai con el está equivocado. Este é un problema de todos. Se se funde o mar fundímonos todos». Y por eso, en este pequeño municipio cuya vida depende de la ría, esperan que la protesta de mañana sea todo un éxito. Patalear y «resar á Virxe do Carmen». Esto es lo que le queda a A Illa. Pero calma, habrá turrón. Ya lo dijo el conselleiro.