Hace unos días, el pueblo de A Illa rindió un homenaje postumo a una religiosa perteneciente a la Congregación de Hermanas de la Caridad aquí establecidas. El hecho en si no tendría mayor trascendencia a no ser por las excepcionales cualidades que adornaban la personalidad de a quien se le hacía: sor Aurora, que así se llamaba, era además de religiosa profesora de A Illa, a donde llegó hace 31 años. Desde el día de su llegada, su gran humildad y buen hacer nos impactó a todos. Trascendía de su persona un algo especial. Su forma de hablar y comportarse denotaba tal grado de humanismo, bondad y sencillez, que ganaba la voluntad de todos para su causa. Dotada de una clara inteligencia, que su modestia, sencillez y un gran sentido del ridículo trataba por todos los medios de ocultar. De ahí que las personas mediocres y vulgares no supieron valorarla en su justa medida. Su fallecimiento, aún a sabiendas de que estaba herida de muerte, nos sorprendió a todos. Se hizo querer de tal manera, que nos habíamos resistido a la idea de perderla. El funeral, no por improvisado y espontáneo dejó de ser muy emocionante: antiguas alumnas dedicaron una lectura a su recuerdo. Y una compañera leyó un bello poema a su memoria. Finalizado el funeral, cuando levantaron el féretro para conducirlo al exterior del templo, un gran aplauso la acompañó durante el recorrido hacia la puerta, como un grito de dolor y agradecimiento a su entrega, sacrificio y amor a todo el pueblo. Ya fuera, se organizó el cortejo más triste y silencioso que yo he presenciado, sólo interrumpido por los sollozos que algunos no podían contener. La mayoría éramos conscientes de estar acompañando hacia su última morada a una segunda Madre Teresa de Calcuta. Donde había un sufrimiento, o una lágrima ahí estaba siempre nuestra querida Sor Aurora dispuesta a enjugarla. Los que hemos tenido el honor y la suerte de conocerla y tratarla -en este mundo de hoy tan carente de valores auténticos- sentimos como si la vida se nos hiciese más digna de ser vivida. Quien aquí ha querido dejar este testimonio ha sido testigo presencial de todo lo referido. No creo justo que por apatía o respetos humanos mal entendidos se deje de dar fe y conocimiento de un ser tan especial. Personas de tales valores no debieran olvidarse jamás ni caer nunca en el anonimato. Por eso he querido contribuir con esta pequeña reseña a que esto no suceda. ¡Descanse en paz Sor Aurora! Que Dios la bendiga por el gran ejemplo que nos dio y la profunda huella de amor y paz, que en esta isla tan querida por todos fue dejando a su paso. P.T.S.