Medio centenar de personas, procedentes de siete países, participan desde el pasado domingo en el Memorial Adolfo Pedrido de Ajedrez
06 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Nunca lo he entendido Me refiero al ajedrez. De pequeña siempre me pareció un juego demasiado complicado como para invertir en él mi preciado tiempo libre. Y de mayor, además de complicado me parece un juego demasiado parecido a la vida misma. Fíjense, por ejemplo, en que hay peones y figuras. Y podría hacer una tesis feminista sobre el rey que todo lo vale y casi no se mueve, y la reina que debe defenderlo de sus adversarios sin llevarse ni las migas de la gloria. Pero no es el lugar Porque yo de lo que quería hablarles es del Memorial Adolfo Pedrido de Ajedrez que se está celebrando en el Liceo Casino de Vilagarcía. Casi medio centenar de personas están participando en ese encuentro, que ya cumple diez años de historia. Las partidas comenzaron el domingo y se prolongarán hasta el próximo lunes. Así que durante ese tiempo, los vilagarcianos disfrutarán de la presencia en la villa de una nutrida representación internacional. Les cuento: hay representantes de Bulgaria, de Dinamarca, de Estados Unidos, de Cuba... La promesa Los que se han venido desde tan lejos a jugar al ajedrez tienen que ser, por fuerza, grandes jugadores. O por lo menos, grandes aficionados. Entre ellos, yo me he quedado con un chavalito de doce años. Es búlgaro, se llama Iotov, y en el futuro podría llegar a ser un Annand (me soplan que este indio es un fenómeno) o un Kasparov de la vida. A ver si tiene suerte el chaval. Lo que está claro Es que el ajedrez levanta unas pasiones que yo ni me había imaginado, la verdad. Y ante una jugada magistral del contrincante, son muchos los que se llevan las manos a la cabeza con la misma desesperación con la que yo lo haría si me hubiese olvidado de comprarle un regalo a mi madre por el día de la madre, que eso sí que es un fallo de los grandes. Otros son capaces de estar en silencio (absoluto y riguroso silencio) durante un buen rato, invocando los conocimientos almacenados en sus libros de ajedrez. Que ni en mi examen de selectivo había tanta tensión caladiña, señores. Que al final es un juego. Y en jaque sólo tiene que estar el rey.