No es Zidane, pero cada una de sus coces vale su peso en oro. El tipo, vecino de Vilagarcía, recordará durante mucho tiempo la calurosa tarde de agosto del año pasado en la que decidió propinar una serie de patadas a un perro en la calle López Ballesteros. La Consellería de Medio Ambiente ha premiado su actitud para con el can con la nada despreciable multa de 300 euros. Cincuenta mil pesetas, para los que todavía calculen. Andrés, que así se llama el animal, llegó a Vilagarcía hace un año y medio. Sin saber ni cómo ni por qué, el bicho amaneció un día en la estación de ferrocarril. Apiadados de este pastor belga con pocas luces -todo hay que decirlo- un grupo de vecinos decidió hacerse cargo de su alimentación y velar por su salud. De esta forma pasaron días y noches, hasta que la vida de Andrés comenzó a romper con la monotonía que le había caracterizado. Un par de nativos hippies, contentos con el chucho, optaron por acogerlo. La cosa duró un tiempo, pero se acabó una tarde en Pontevedra. Atado a una fuente, Andrés fue abandonado. Suerte tuvo el animal de que la noticia llegase a oídos de sus antiguos protectores, que lograron localizarlo y rescatarlo. De vuelta en Vilagarcía, Andrés retornó a la vida contemplativa en el barrio de la estación. De tal guisa andaba el cánido cuadrúpedo cuando fue objetivo de un ataque humano. El can paseaba tranquilamente por la calle López Ballesteros en compañía de una de sus mejores amigas de dos piernas. De repente, un tipo salió de un garaje y la emprendió a coces con el sorprendido Andrés. Menos sorprendida, pero mucho más enfurecida se mostró su acompañante, que censuró al individuo su arroutada. Mientras, éste recibía el inestimable apoyo de su esposa, que daba voces de potencia variable desde un primero. La Xunta, ya ven, considera el hecho como una infracción grave de la ley de protección de animales. Son cincuenta mil.