Mucha más música que la de Manu Chao

REDACCIÓN VILAGARCÍA

AROUSA

MARTINA MÍSER

El viernes 19 fue la inauguración oficial de la tercera edición del Festival do Norte, centro de reunión de las bandas independientes De nuevo en la Praza da Pescadería. Tras un fallido intento protagonizado el jueves por Psicofónica de Conxo y por Kozmic Muffin de atraer al gran público, el recinto sirvió a este objetivo el viernes. No había lleno pero tampoco el desierto jalonado de pequeños oasis que era la Pescadería el día anterior.

20 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Llegar a la plaza no fue difícil. Una generosa ración de decibelios conducía hasta la Pescadería sin necesidad de abrir los ojos. A las puertas, un factor imprescindible en todo festival: los tenderetes de artesanía de cuero, camisetas y demás parafernalia. Ya dentro del recinto, muchas camisetas pop, trenzas rastas, acentos de mucho sitios diferentes, y ganas de pasárselo bien. Incluso algunos políticos locales se mezclaron entre los vecinos para presenciar in situ todo aquello. Gente apostada en la barra paladeaba las primeras cañas de la noche, servidas por una legión de camareras que parecían escapadas de la guardería. Por tres euros y medio ya teníamos nuestra copa y podíamos acercarnos bien aprovisionados hasta el escenario. Abrieron Cinnamon y agradaron mucho. Castigaban el hammond para arrancarle un sonido que a veces chirriaba en el recinto. Buen aperitivo para el plato difícil de digerir que fue después Mercromina. La acústica, el mal endémico de este festival, traicionó a los de Albacete. Enterrado en el olvido el fantasma de Fexdega, la Pescadería y el Casreo Alobre han sido la solución. El instituto no presenta más problemas que los que puede plantear el tiempo pero en Pescadería la acústica juega a veces una mala pasada. Nosoträsh cogió el testigo a Mercromina.Temitas cortos, muy cortos pero muy entrañables conquistaron al respetable. La anécdota la protagonizó la guitarra de Bea, que no respondió a su púa durante un ratito largo. Tres grupos y ya estamos en el ecuador del concierto. En busca de otra copa, se desvanece en el aire cualquier amago de hacer una parada técnica en uno de los dos únicos servicios portátiles que había en el recinto. Una masa ante sus puertas desanimaba a cualquiera. De vuelta, Astrud ya está sobre las tablas. Los aspavientos del teclista animaron ya a un público entregado. Pausa y viaje a México. Volován, ataviados con sus perennes trajes de talle estrecho y reminiscencias beatles agradaron al más exigente. Una copa más nos separa del último grupo que queda para terminar los conciertos. La Habitación Roja subió unos cuantos decibelios más el sonido en A Pescadería e hizo incluso separar la mirada a las lolitas de la barra de quienes apuraban las últimas cervezas. Punto y final. La tropa se retiraba esperando para el día siguiente la actuación de Manu Chao.