La mañana de ayer fue larga para las mariscadoras de A Illa. Pero incluso lo fue más para los agentes de Inspección Pesquera, que llegaron a la playa de As Xestelas dos horas antes de que empezase la seca. A las diez, las mujeres comenzaron a hacer acto de presencia en el arenal en el que tenían previsto trabajar. Las afectadas por el conflicto de los pérmex habían acordado ya reunirse en ese punto para plantar cara, juntas, a lo que pudiese suceder. El primer obstáculo que se presentó ante sus ojos fueron los agentes de Inspección Pesqueira que cerraban la entrada a la playa. Junto a ellos comenzaron a pasar, con total normalidad, las mariscadoras que lucían en su pecho, colgado, el pérmex. Las que no lo tenían preguntaron a los inspectores si no podían bajar a faenar. La respuesta, ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Tenían libertad para entrar en la playa. Otra cosa es que pudiesen salir de ella con el marisco recogido. La mirada de los turistas Sentadas al sol, las mujeres constituían un grupo numeroso y ruidoso. Tanto, que los turistas que se acercaban por la zona de O Carreirón miraban con curiosidad hacia donde se encontraban. Y las descubrían aprovechando el tiempo para tostarse al sol, ironizando sobre su situación, sobre su futuro y sobre lo negro que lo ven todo. «Agora as afectadas somos nós, pero o ano que ven serán outras, e despois outros... pero a xente non se solidariza hasta que lles vai a cousa enriba», decían mirando hacia las mariscadoras que faenaban. Cuando emprendieron el camino a casa, muchas de las mujeres se llevaban mal sabor de boca. «Estanse a rir de nós», sentenciaban algunas, mientras se subían a sus bicicletas y miraban con recelo a las mujeres con pérmex que venían de pasar el control. «Esa ten unha batea e ten pérmex. Eu teño un cacho e non podo», sentenciaba una de ellas, con la voz vacía de resignación.