Javier Centeno, técnico de la empresa Lagares Ingeniería Desde el año 1997, la empresa Lagares Ingeniería ha colaborado con A Illa en la puesta en marcha del plan de compostaje. Desde el momento en que surgió la idea hasta la fase actual, en la que todos los objetivos se han cumplido, la firma ha trabajado en estrecho contacto con el gobierno y los vecinos del municipio para que el resultado fuese un éxito. Y lo ha sido. El pasado lunes, la Unión Europea avaló este proyecto y reconoció su buen funcionamiento. Los días previos habían sido jornadas de nervios para todos los responsables del plan. Ahora, una vez superado el examen, se reconoce que «fue casi ingenuo tener esa inquietud», porque la evidencia dice que el programa Life de A Illa ha funcionado de manera ejemplar.
26 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.MARÍA SANTALLA A ILLA Javier Centeno, desde la empresa Lagares, comenzó a colaborar con el proyecto de compostaje de A Illa desde sus orígenes en el año 1997. -Fue un movimiento vecinal y casi ecologista -hay que recordar la labor de la asociación Gaia- el que intentó, en un primer momento, convencer a los políticos de que existían alternativas para la basura. -Y una de ellas era el compostaje. -Sí, una de esas alternativas era el compostaje. Y es ahí donde surge la colaboración con la empresa Lagares. Hicimos unos estudios con la Universidad de Vigo y llegamos a la conclusión de que el sistema más apropiado para A Illa era el compostaje individual. Fue entonces cuando decidimos pedir el Life. -Y lo consiguieron. -En 1997, el proyecto Life de A Illa fue escogido desde Bruselas. No es fácil que concedan un Life, pero el carácter innovador del proyecto hizo posible que lo aceptasen. -¿Cómo se echó a andar la experiencia? -Lo primero que hicimos fue una serie de pruebas con varios tipos de compostero. Se compraron inicialmente diez, dos de cada tipo. Después de tres meses se demostró que los que mejor funcionaban eran los que llevaban triturado vegetal. Además, en Galicia tenemos la suerte de tener el toxo. -Una vez decidido el sistema, se aumentó el número de composteros. -Sí, el primer paso fue decidir utilizar composteros. El segundo fue convencer a los habitantes de que ese procedimiento es bueno y no tiene ningún tipo de complicación. Ya teníamos a diez personas involucradas y decidimos involucrar a otras veinte, que serían en su momento los maestros composteros. -Una original figura. -Sí, estas personas fueron las que luego se encargaron de orientar a los vecinos y de colaborar en la labor de concienciación. -Y poco a poco el plan se fue extendiendo. -Sí, en verano del 2000 se decidió traer la primera partida de 400 composteros. Se pidieron directamente a Austria. Hubo problemas, pero gracias al tesón del Concello lograron comprarlos directamente, lo que supuso un ahorro. -¿Cómo se consiguió involucrar a los vecinos? -Una parte fundamental del proyecto era vincular a la población. Cuando le estás pidiendo al vecino que haga algo que no considera como suyo le cuesta. Tiene que funcionar por inercia. Lagares tuvo un contrato con el Ayuntamiento para encargarse de la concienciación, y pusimos en marcha una serie de charlas con niños, familias y empresarios. El propio Concello puso un stand en Silleda en el 2000 y en el 2001, en el que además de divulgar el aspecto turístico se incluía también el plan de compostaje.