Medianoche en el ambulatorio

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SERXIO GONZÁLEZ TESTIGO DIRECTO La odisea de encontrar un vehículo para desplazarse al Hospital Provincial

27 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

e noche todos los gatos son pardos, y los taxis invisibles, ilocalizables, casi mitológicos. Faltan pocos minutos para las doce campanadas. El ambiente en el ambulatorio de San Roque es tedioso. El aburrimiento cunde en los rostros de las cuatro personas que esperan su turno en el servicio de urgencias. El personal, resignado a otra noche de guardia, desarrolla pacientemente su trabajo. Hay un periódico. Insuficiente para torear el hastío de todos los presentes, pero algo entretiene al fin y al cabo. De repente se desploma la monotonía. Un hombre, entrado en años, accede al ambulatorio acompañado de dos mujeres. No parece nada grave: un mal paso al bajar un escalón y una caída a destiempo. Sin embargo, la prudencia y la avanzada edad del paciente recomiendan la realización de una serie de radiografías. Es necesario trasladarse al Hospital Provincial, a Pontevedra. Una de las acompañantes solicita el número de teléfono de alguna de las paradas de taxi de Vilagarcía. Un celador se presta, sin dudarlo, a telefonear él mismo. Lo hace. Primer intento nulo. Segundo intento fallido. Tercer intento... sólo el silencio responde al otro lado del hilo. Habrá que buscar otra parada. Y otra. Y otra. Es medianoche en el jardín de San Roque, y ningún taxista descuelga el aparato en ninguna parte. Momentos de tensa espera, rostros extrañados y silencios en la noche vehicular. Es todo. Surge una idea. «¿Estará Manolo en casa?». Manolo es un pariente y, efectivamente, dormita ante el televisor. Asunto solucionado. En apenas diez minutos, el automóvil se detiene en el centro de salud, recoge a los tres viajeros y parte hacia Pontevedra en busca de radiografías. Comienza a llover. Esta vez ha habido suerte. La próxima, ya veremos.