ALONSO DE LA TORRE LA PLAZA DE LA ESTACIÓN
17 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando era niño, leía cosas muy raras. Por ejemplo, Peñas arriba de José María de Pereda, una novela costumbrista y conservadora donde el escritor cántabro describía preciosos paisajes montañosos con su adjetivación justa e inesperada. Lo que más me gustaba de aquella novela no era el asunto, porque como buen niño rarito y repelente ya había descubierto que don José María no era un novelista de acción, sino los prados y las vacas que aparecían casi en cada página. Para describir la ladera de una montaña con su yerba verde y sus suizas pastando, Pereda podía tirarse perfectamente tres páginas. Pero a mí, fíjense, aquello me gustaba y mucho. Esos placeres infantiles son muy peligrosos porque luego, cuando creces, te marcan y acaban provocando tomas de decisiones la mar de peregrinas. Por ejemplo, cuando fui menos niño y tuve que seleccionar un destino, en lugar de calibrar la riqueza cultural y económica de la ciudad escogida o de fijarme en si quedaba lejos de la casa paterna, lo que valoré fue que, entre otras cosas, hubiera vacas y prados parecidos a los de Peñas arriba. Y así aparecí en Vilagarcía. Cuando llegué a la ciudad, en lugar de alquilar un piso con vistas al mar, contraté uno en un edificio herbáceo llamado Trébol que quedaba por Os Duráns y dese el que, supuse, vería vacas y laderas verdes. Pero quia, allí, lo más apegado al terruño que veía era al alcalde de entonces partiendo leña. De todas maneras, suplí la carencia vacuna saciando mis ansiedades literario-granjeras con fetiches costumbristas: me compré una lechera con la que pensaba ir a comprar cada día leche fresca recién ordeñada, me hice con una huevera para traer desde el mercado los frutos recién puestos de las gallinas y hasta conseguí una cesta de campesina decimonónica en la que depositar filetes de terneras novelescas y rodajas de merluzas tan poéticas como las que se pescaban en Sotileza, la gran novela del mar de Pereda. Pero que si quieres arroz: no veía vacas desde casa, la leche venía en tetrabrik, los huevos eran de Coren, los filetes de terneras estaban por las nubes y si querías merluza, te la tenías que traer entera porque entonces, en Vilagarcía, ninguna pescantina te vendía unas rodajas sueltas. Supongo que esa fue mi particular manera de pasar bruscamente de la niñez perediana a una madurez kafkiana, desengañada y frustrante. Así es que arrumbé los fetiches, dejé de leer a Pereda, alquilé un piso con vistas al mar y me acostumbré a comprar más con lógica que con lírica. Así conocí las buenas carnicerías del pueblo, las excelentes pescaderías del mercado, las entrañables señoras de las verduras, del pan, de los quesos y de los huevos. Me convertí, en fin, en un tipo normal que leía a escritores normales y comía lo que todo el mundo. Pero han pasado 20 años y de pronto, Pereda se me ha vuelto a aparecer. Ahora, cada mañana, lo primero que veo nada más despertarme son vacas pastando en el prado verdísimo de A Golpilleira. Voy al mercado y me prometen terneras puras y tan incontaminadas como las de Peñas arriba. El pescado me lo despachan certificado, en rodajas o como mejor lo prefiera. Los huevos son camperos hasta en el supermercado y la leche, aunque en tetrabrik, se anuncia natural y tal que recién ordeñada. He rescatado del desván los fetiches: huevera, cesta, lechera... He buscado en los estantes Peñas arriba, he abierto por la página 21 y he leído: «A veces era tan fino el tapiz de hierba menuda». He dejado después mi mirada perdida entre las vacas y me ha parecido volver a mi infancia rarita. Aunque para mí que todo esto es mentira.