ALONSO DE LA TORRE CAFÉ CON GOTAS
05 jun 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Con los albores de junio han llegado los primeros veraneantes. Ya se ven toallas secándose en los pisos que flanquean la playa de Compostela y turistas relajados con ropas alegres y holgadas pasean por la arena. Este sábado, me fijé en un señor de Carril que descansaba sentado en unas escaleras, frente al paseo marítimo. Oteaba el horizonte como si anhelara tiempos de marinería y componía una figura evocadora y nostálgica que daba cierto aire lírico a la playa. Acertó a pasar por allí un matrimonio que, por su acento, parecía de Andalucía. Al llegar a la altura del soñador, lo saludaron dando a entender que eran inquilinos de su apartamento playero: «Muy bien el pisito, estamos muy contentos. ¿Y usted, qué, descansando?». El hombre no descompuso la figura ni distrajo la mirada. Sólo respondió: «Mirando lo mío». No soñaba ni evocaba, no tenía un pasmo nostálgico ni un arrebato de melancolía. El hombre sereno de Carril miraba lo suyo: un vivero de almejas que lo llenaba de orgullo y justificaba una vida. El matrimonio andaluz siguió su camino y no sé si entendería la hondura de la frase. En Andalucía, casi nadie mira lo suyo porque en los pueblos, la gente no suele tener tierras y en el mar, no hay viveros ni bateas. En el sur, el latifundio es el rey y no está tan arraigada la propiedad. En Úbeda o en Conil, los hombres se sientan en la plaza y miran también ensimismados. Pero no contemplan lo suyo, sino lo de los demás. Más que mirar, esperan una peonada o que llegue fin de mes para cobrar el paro agrario. En Galicia, sin embargo, lo mío es la explicación de todas las cosas. Por lo mío se trabaja, se pervive, a veces se mata y, sobre todo, es la razón de existir y la mayor satisfacción personal. La importancia de lo mío provoca tensiones entre vecinos que tienen lo suyo al lado de lo tuyo, pero también quiebra cualquier atisbo de pereza: hay que esforzarse para que lo mío sea más grande. El mariscador de Carril y el matrimonio andaluz pertenecían a dos de las tres culturas hispánicas: la cantábrica minifundista de lo mío y la sureña latifundista de lo suyo. Sólo faltaba la comercial mediterránea: yo compro lo tuyo, lo vendo, lo convierto en lo suyo y así saco lo mío.