Correos me dejó sin premio de lotería

RIBADEO

Un cartero de Correos entregando correspondencia a domicilio
Un cartero de Correos entregando correspondencia a domicilio ALBERTO LÓPEZ

27 dic 2025 . Actualizado a las 14:41 h.

Vaya por delante que tenía decidido no airear este sucedido, pero me gana la curiosidad, el tratar de averiguar si a alguien más le ha ocurrido. Es una historia de navidad y tiene que ver con Correos, ese servicio admirable, lo afirmo con rotundidad, por el asombro que me provoca el saber que una persona, allá donde se encuentre viviendo en España va a recibir una carta que le envíen. Hasta allí, hasta lo más recóndito, va a llegar un empleado de Correos con la misiva. Ciertamente admirable. Esa eficacia siempre ha sido santo y seña de Correos, su marchamo de garantía, la defensa a ultranza de que una carta es inviolable, contra viento y marea y, si no, ahí está el remite, para devolverla a quien la envía sin abrir.

Mi confianza se ha visto resquebrajada por dos inesperados incidentes. Uno sucedió hace unos años, cuando decidí enviar a la otra punta de España un par de décimos de lotería. Los introduje en una carta, envueltos en un folio para resguardar todavía más su intimidad a trasluz, y la mandé certificada. Era la máxima garantía, pero no llegó ni a destino ni fue devuelta al remitente, esto es, a mí. Lógicamente, protesté en la oficina de Correos de Foz, donde cariacontecidos no se explicaban lo ocurrido y me sugirieron, como mal menor, que presentase una denuncia por si tocaba. Demasiado engorro por 40 euros, pensé, y lo dejé. Como sospechaba, no tocó. Y ahí acabó una historia que la fortuna no quiso que diese más de sí.

Tras un tiempo sin hacerlo, esta Navidad decidí volver a enviar lotería, en este caso participaciones del Ribadeo FS. Mandé varias a otro domicilio también al otro extremo de España, por correo ordinario desde Ribadeo (desencantado con la experiencia de las cartas certificadas) y las papeletas envueltas en el folio de rigor, si acaso para proteger aún más su secreto. Ya sé que podría haber hecho una fotografía de las participaciones y remitírselas a los interesados por wasap, pero entiendo que para los jugadores -y no es en absoluto mi caso, que desdeño hasta la lotería del trabajo-, tocar el papel y revisar sus apuestas tiene un efecto mucho más delicado y concupiscente que una gélida fotografía en un teléfono.

Y pásmese (o no, usted verá según su experiencia particular), la carta tampoco llegó, ni a estas alturas ha aparecido en mi buzón devuelta huérfana de su destino. El caso es que en esta ocasión sí había tocado la terminación y los que iban a ser agraciados han perdido 96 euros cada uno. Como son participaciones, hay que cobrarlas en la administración de lotería de Castropol, así que supongo que al final el dinero quedará para el Ribadeo FS y sus chavales. No es mal fin. Además, el dinero es lo de menos, lo peor es la frustración de un principio que se desmorona, el de aquel apergaminado cartero que de niño veía llegar puntualmente en su vespa, que dejaba encendida sobre el caballete, y con todo su halo de misterio y serena autoridad llamaba a una casa y entregaba una carta que era una ventana a un mundo de posibilidades.

¡Qué lástima! También tú, Correos, otro mito que se derrumba.