Hace 20 años, la provincia de Lugo pasó a tener un nuevo santo

Un religioso nacido en Foz fue elevado a los altares por Juan Pablo II


lugo / LA VOZ

Fueron numerosos los viajes del papa Juan Pablo II durante su pontificado (1978-2005). Pero hubo también, hace 20 años, un viaje en el que el máximo responsable del Vaticano no fue visitante sino anfitrión: en la basílica de San Pedro tuvo lugar el acto de canonización de doce nuevos santos, entre los que se encontraba uno nacido en la provincia de Lugo, elevado a los altares como san Inocencio de la Inmaculada Concepción.

Manuel Canoura, nacido en Santa Cilla (Foz) en 1887, pasó a llamarse fray Inocencio al entrar en la congregación pasionista. Pasó por varios lugares en los que la orden tenía presencia, entre los que estaba el convento de Os Picos, en Mondoñedo, Tuvo diversos destinos, entre ellos Mieres (Asturias). Allí lo sorprendió la revolución de 1934, en la que fue asesinado junto con otros frailes.

65 años permiten que aún queden familiares para quienes un acto en el Vaticano, hayan conocido o no a la persona canonizada, ofrece una poderosa combinación de interés y de emoción. Así ocurrió en noviembre de 1999, ya que a Roma viajaron varias decenas de personas con el objetivo de acudir a la canonización. Gran parte de los setenta viajeros se desplazaron en autocar desde Foz, y otros viajaron en avión, aunque todo ellos acabaron compartiendo hotel en la Ciudad Eterna.

La ceremonia, celebrada en la mañana del domingo 21 de noviembre, duró unas dos horas y estuvo presidida por el papa Juan Pablo II. Por cada santo canonizado en ese acto -el nacido en Foz, otros nueve españoles y dos italianos- se presentó una ofrenda. La correspondiente al santo gallego estuvo protagonizada por dos sobrinos nietos suyos, Carmen y José Canoura, que reconocieron que se trataba de una experiencia señalada. Ni ellos ni otros familiares que también viajaron a Roma habían conocido al fraile, aunque en los días anteriores y posteriores a la canonización aseguraron que el viaje tenía un componente emotivo.

 Los religiosos que fueron canonizados hace 20 años eran beatos desde 1990. En 1998 se había publicado el decreto de reconocimiento de un milagro, que supone un paso previo a la canonización. En este caso el milagro había sido la curación de una joven de Nicaragua enferma de cáncer, con la particularidad de que había ocurrido el mismo día de la beatificación.

Por otro lado, la presencia de un santo empezó a notarse pronto en la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, en la que había nacido. Pocas semanas después de la canonización, en el atrio del santuario de Os Remedios se colocó una talla de san Inocencio de la Inmaculada, esculpida por el sacerdote mindoniense Pedro Díaz. El autor, que ya entonces era cura de esa parroquia, utilizó barro refractario, cocido a lata temperatura y decorado con óxido. En la elaboración tuvo en cuenta la estampa del acto de la canonización, aunque también había fotos de ese fraile con Gerardo Fanego, sacerdote mindoniense del siglo pasado.

 Al mes siguiente de la canonización, en la catedral de Mondoñedo se ofició la primera misa en honor al nuevo santo con toda solemnidad, con presencia de familiares que ya habían viajado a Roma para la ceremonia de canonización. Estuvo presidida por el obispo, José Gea Escolano, al que acompañaron más de 20 sacerdotes. En el acto litúrgico cantó el Orfeón de la Sociedad de Obreros.

Una medalla de oro y distintas autoridades

La víspera de la canonización, antes de tomar el avión en Lavacolla, el obispo mindoniense dijo que una ceremonia de ese tipo equivalía a una medalla de oro. Así se refería al final del proceso que culminaba con el reconocimiento de un nuevo santo. En el acto de canonización hubo también autoridades civiles -el vicepresidente Rodrigo Rato, el conselleiro Celso Currás y el teniente de alcalde focense Xaime Cancio-.

Un viaje con oportunidad de realizar visitas de gran interés cultural

Unas horas de asueto en Roma, aunque lleguen tras un viaje o el día anterior a otro, son siempre oportunidad para disfrutar de sus múltiples alicientes. Los que viajaron a la canonización no desaprovecharon la posibilidad de ver el Moisés de Miguel Ángel, el Coliseo o la plaza de San Pedro. Son detalles que fácilmente convierten un viaje en prácticamente inolvidable, aunque alguno de esos expedicionarios tampoco dejaron pasar la oportunidad de ver escaparates de tiendas de ropa, de sentarse en las escaleras de la plaza de España o de comprobar que la fama de un café capuchino preparado a orillas del Tíber está justamente ganada. Por otro lado, algunos viajeros tuvieron también un encuentro con Juan Pablo II dentro del programa de esos días.

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