La espera ha terminado. En los meses transcurridos desde que se anunció este descomunal golpe de mano, a algunos se nos hizo pepsicola el almohadillado remate de la espalda. Muchas cosas han cambiado desde que las pandillas se citaban en esquinas perdidas para escuchar cintas de caseto grabadas malamente en las que se sucedían, vuelta y vuelta, sus primeros álbumes. Treinta y tantos años más tarde, la doncella conserva su coraza a resguardo del óxido. De acuerdo, nadie facturará ya trabajos como aquellos seis trallazos con los que cimentaron su escalada al podio de un género que creció con ellos. Pero esta gente todavía es capaz de servir algo tan digno como The Book Of Souls. Así que podríamos seguir rajando sobre los tiempos de Di?Anno y Blaze, la recuperación del viejo Bruce o si Eddie ha vendido más camisetas que el lagarto de Lacoste. Pero para qué dar más la chapa. Un concierto de Maiden es, por encima de todo, una fiesta en la que la nostalgia apenas tiene reservado el derecho de admisión. Ver a chavales de doce años dando botes y coreando sus temas no tiene precio. Toca disfrutarlo y añadir a la juerga a unos Bullet For My Valentine que no habrán olvidado lo que es un ritmo cruzado, el desmadre de Nashville Pussy, los grandes Destruction y, por qué no, también el grind galaico de Nashgul. Quién nos lo iba a decir en las lejanas noches de cerveceo y humareda del Txiri. En Viveiro esto sabe mucho mejor. Lo chungo es pensar cómo seguir creciendo el verano que viene. Tal vez si empieza por M y acaba por A...