Soy de los que apuestan por Ribadeo. Su ubicación, al pie de la autovía del Cantábrico y su bum de la construcción pendiente, que se debería desarrollar sin las tan habituales estridencias tras la aprobación el año pasado del nuevo plan general, su raigambre y popularidad -As Catedrais-, le sitúan en el disparadero para convertirse en una pequeña gran ciudad en cuanto la crisis, de verdad, comience a remontar. Nada tiene de casual el proyecto de Mercadona, nada que en Ribadeo Eroski construyese la primera y única gran área comercial de A Mariña, nada que se abran gasolineras al calor de la A-8. Ribadeo, a caballo de Galicia y Asturias, es más que nunca cruce de caminos. Hace pocos años en Ribadeo y su entorno había tres gasolineras (la de A Devesa, la del casco urbano y la de Barres). Ahora son el doble y a ellas se unirá la de Os Irmandiños. La gente que vive en esta zona se beneficia de ello, pudiendo elegir entre calidades y precios. Y eso parece sintomático de un futuro que hay que mirar con obligado optimismo.