«Teño 104 anos e solo tomo unha pastilla, para durmir»

«Estou satisfeito coa vida que me tocou vivir», dice

la voz
trabada / La Voz

Un día, Evaristo Fernández, vecino de Ría de Abres (Trabada), torció una pierna. El médico, tras observarlo detenidamente, sentenció: para enderezarla no quedaba más remedio que romperla y recomponerla. Evaristo no quiso saber nada de semejante remedio y se fue ignorando el malhumorado augurio del médico: con el tiempo quedaría en una silla de ruedas. De ello hace unos cincuenta años. Hace mucho tiempo que el doctor fue enterrado. Sin embargo, cada mañana Evaristo, con sus 104 años a cuestas, cumple religiosamente con el precepto de caminar entre media y una hora.

Es el abuelo de Trabada, quizás de Galicia. «Eu teño lagunas, pero él... ¡É incrible!», dice el mayor de sus tres hijos, Justo, de 75 años, con quien vive en la casa de Miranda de Ría de Abres. Allí nació Evaristo, y también sus padres, una saga donde la longevidad se contagia. Un tío político, don Álvaro ?el don es un apéndice inseparable del nombre? fue un sacerdote que en los últimos años de su vida atendió dos parroquias. Lo hizo hasta unos días antes de fallecer, a los 107 años de edad. Cerca de su casa residía una cuñada, Julia, que falleció hace tres meses a los 103 años.

El pasado lunes, Evaristo Fernández celebró su 104 aniversario. Lo hizo como siempre, con la tensión 6-12, una salud de hierro y una lucidez pasmosa. ¿Cual es su secreto? «Non sei. A natureza... eu traballei moito, de sol a sol na agricultura, e o campo é duro... había que traballar a man, non como agora», dice, como disculpándose por el don que posee.

Por sus ojos ha pasado un siglo. La guerra civil, en la que no llegó a participar: «Fun á Coruña a un tribunal que ía revisar si tiña que ir ou non ao fronte. Naqueles tempos correu a voz polo tribunal de que non mandaran máis xente para a retagarda. Eu era do último remprazo... e mandáronme para a casa». Llegó la posguerra. ¿Paso hambre? «Fame non. Non se comía tan ben como agora, pero fame non». La revolución de la tecnología: «O mundo cambiou moito. Antes non había un coche, nin tractores nin nada... Tiñamos que traballar cos arados romanos e os carros do país, non había seguridade social, todo era traballar para pagar tributos». Y ahora, en el albor del siglo, asiste a una crisis económica sin precedentes: «Non sei onde vai acabar todo. Parece que é a bancarrota». Y lanza una reflexión: «Vexo ao mundo moi mal, algo á desbandada».

Más alegrías que penas

Son 104 años en los que ?según reconoce sin dudar? han primado las alegrías sobre las penas. Entre estas últimas destaca la muerte de su esposa, hace dos años. Cuando falleció tenía 97 y llevaban casados 73. «Queda un solo, falta a compañeira, pero teño fillos, netos, bisnetos... é a vida», dice.

Su voz es firme, apenas hay pausas, y sostiene la mirada con una vitalidad que engaña a su carné de identidad. Quizás un tanto apabullado por la admiración que provoca, parece justificarse cuando dice: «Enfermedades fortes nunca tiven, pero achaques si... Ao que más medo lle teño é ao catarro. Fai pouco tiven unha afonía».

¿Pastillas? ¿Medicamentos? Son términos que han tenido un peso insignificante en su vida. Oírle decir que a sus 104 años no tiene prohibida ninguna comida y que solo toma una pastilla al día, ¡para dormir!, provoca asombro, pasmo y admiración: «Non teño tensión alta, nin azúcar... ¿Sintrón? Tampouco».

Una de sus nietas, Lucía, explica: «Solo fue operado una vez porque come muy deprisa y se tragó un hueso de pollo. Fue a urgencias y tuvieron que operarlo. ¡Ya pasaba de los 90!».

«Igual me da carne que peixe, gústame todo. Igual cocido que asado...», añade Evaristo Fernández. ¿Y el vino? «Aínda me gusta tomar un gotín de viño ás doce do mediodía».

Las anécdotas son inagotables. No sacó el carné de conducir, aunque sí viajaba en moto; cuando era alcalde Celso Currás lo nombró a él y a un vecino de Balboa, Marcelino, alcaldes de barrio vitalicios; lamenta no haber volado en avión: «Me pesou non ir a Madrid, ou a Arxentina, onde teño primos... pero foi pasando o tempo»; le choca la complejidad de los tiempos modernos: «A vida antes era máis sinxela e todos nos coñeciamos», y echa la vista atrás para concluir: «Estou contento da vida que me tocou, tiven sorte do que me tocou vivir».

«Levántome ás nove ou nove e media da mañá; almorzo un café con leite e pan, aséome e saio a pasear un pouco, media hora ou unha hora. Despois descanso, vendo a televisión. Como, de todo, como os demais, durmo unha siesta de unha hora ou hora e media e non merendo, como moito un café cortado. Despois paso o tempo, ata cenar, normalmente pouco. Déitome entre as dez e as de e cuarto, e durmo ben».

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