Casilda y Benigno regentan A Campanilla, la única tienda que sigue abierta en la localidad. Venden de todo, el único modo de sobrevivir a «los grandes»
12 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.La plaza do Souto de Cervo pasó del bullicio de las ferias a las que acudía gente de toda la zona al silencio de la piedra, que se quiebra en verano, durante la Queimada, y en otras fiestas y mercados. La edificación donde se encuentra A Campanilla, el único ultramarinos que continúa abierto en la localidad, data de 1630, aunque la actividad comercial comenzó algo más tarde. Desde esta atalaya privilegiada sobre la plaza sucesivas generaciones han observado la transformación del pueblo, del ajetreo continuo de los carruajes, los tratantes de ganado, los herreros y los zoqueiros al sosiego de este otoño frío.
Eduardo García Fraga nació en Cuíña, «na Portela», pero no tardó en mudarse a Cervo, donde se crió con sus tías y su abuela, Amara Correa Basanta. Ella se hizo cargo del negocio, heredado de un tío de su marido y que antes había regentado Campón, «un señor de Rúa que o tiña alquilado». Al fallecer los abuelos asumieron la gestión Consuelo Pérez Villares, cuñada de Eduardo, y él mismo (que había trabajado de marinero), desde 1952 hasta la jubilación, junto a su mujer, Matilde. «Daquela era taberna, con chateo e tapas, e tamén casa de comidas; había feiras os primeiros domingos e o 16 de cada mes e xuntábanse aquí os tratantes de gando a comer e pasar a tarde. Tamén se vendía moito coñac..., un viño valía 50 céntimos de peseta», cuenta. Los días de feria a las seis de la mañana ya llegaban a Cervo los coches de línea y empezaba el trajín en A Campanilla.
La vieja Casa de Valmaior
En tiempos fue conocida como A Casa de Valmaior. «O nome de Campanilla púxollo un señor..., había unhas copas en forma de campá e outras máis pequenas e un que viñera de Monterroso e vivía en San Cibrao, gustáballe o alpiste, chegou pola mañá e díxolle a meu avó 'José María, ponme unha copa desas de campanilla'. Haberá tanto como que nacín eu e xa lle quedou ese nome», explica el palo de esta historia.
Ya en los años 80 Casilda, hija de Eduardo, y Benigno, su marido, compraron la casa. En 1983 se declaró un incendio, repararon los daños y siete años más tarde renovaron el establecimiento entero. Ellos mantuvieron el bar y el ultramarinos hasta que, hace ya casi dos años, clausuraron el mostrador. «Nun sitio destes hai que ter de todo -constata Eduardo-, porque están eses supermercados grandes, a xente ten coche e desprázase a todos lados; cando antes había que ir andando ou en burro».
A Campanilla, que desde hace un año es la única tienda de Cervo (Charo fue la última en cerrar, antes lo habían hecho Plácido, A Mina o O Almacén, hoy hospedaje y restaurante), vende de todo. Hay carnicería, con chorizos hechos en casa, charcutería, frutería, «toda clase de alimentación», productos de droguería... Hasta venden pan, por lo que no cierran ni siquiera los domingos.
A cualquier hora
«Chámanme a calquer hora porque saben que estou na casa e baixo atender», apunta Casilda. El trabajo es esclavo pero ella está a gusto en la tienda: «Gústame moito, vén xente e nunca estou aburrida». Con «los grandes» Casilda y Benigno compiten con calidad, buenas marcas y servicio casi permanente.