Sastres de verdad y de toda la vida

Thais R. Paz

A MARIÑA

Francisco Longarela se inició en la sastrería con catorce años. Su hijo Julio, se unió a él con la misma edad y trabajaron juntos en el oficio durante años

28 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Cuando el sistema de confección de trajes aún no existía en la mente de los españoles, los sastres se encargaban de llevar a cabo esta labor. La ropa era toda creada a medida por estos artesanos del hilo y la tela, y la máquina de coser era un aparato al alcance de muy pocos. Gracias a la sastrería, en otros tiempos un negocio ciertamente rentable, familias como los Longarela se ganaban la vida.

«Soy hijo de labradores»

No fue una tradición familiar lo que llevó a Francisco Longarela a convertirse en sastre, ya que sus padres se dedicaban al trabajo en el campo. «Yo nací con una hernia inguinal y era imposible que fuera labrador, por eso me hice sastre», recuerda el sastre.

A los 14 años comenzó en el oficio haciendo trajes en A Espiñeira. Sería en 1960 cuando se trasladaría a Foz para montar su sastrería. «Con 18 años monté al lado de donde está hoy la tienda, y allí hacíamos hechuras, es decir, confeccionábamos los trajes. Al principio nos traían los géneros, después ya los pusimos nosotros», dice Longarela padre. Con 20 años se casó y su mujer también aprendió el oficio; no se le daba nada mal.

La Guerra Civil española supuso un parón tremendo para la sastrería y, claro está, también afectó a esta familia asentada en Foz. Según cuenta Francisco, «se paralizó la producción porque la gente no tenía medios, por eso en época de guerra los únicos trabajos que realizábamos eran sotanas para los curas».

Cuando los hijos de Longarela tuvieron edad suficiente, se pusieron manos al traje y decidieron seguir los pasos de su padre. Julio, su hijo menor, explica que tenía 14 años, como su progenitor, en el momento en el que decidió iniciarse en la tradición de la sastrería. Según sus palabras, «en aquella época no todos podían estudiar, y por eso tuvimos que ponernos a trabajar en el negocio familiar».

Su padre le enseñó a él y a su hermano José a confeccionar los trajes, la mayor parte de caballero. Julio recuerda estar horas y horas, día y noche, trabajando sin descanso. «Los días más duros eran los de las fiestas, porque todo el mundo quería estrenar su traje; es que antes íbamos a las fiestas campestres en traje y corbata», rememora Longarela hijo.

Y apareció la confección

Ya cuando Julio Longarela se encontraba inmerso en el oficio familiar, el sistema de creación de los trajes empezó a cambiar. Los sastres fueron progresivamente sustituidos por la confección, y tanto padre como hijo se acuerdan de este cambio.

Así, Francisco cuenta: «Cuando apareció la confección, las sastrería ya no tenía sentido». Por su parte, su hijo pequeño afirma haber tenido mucho trabajo antes de la aparición de la confección, aunque en la apertura del local Longarela, al principio contaban con los dos sistemas.

Hace 20 años que padre e hijo, dejaron la sastrería, y ahora están jubilados. Conservan, eso sí, su comercio de ropa en Foz, aunque hoy en día quien lo lleva todo son los dos hijos y la hija de Julio, Rodrigo, Lorena y Julio.

«Fueron ellos los que quisieron continuar en esto, porque no les interesaba seguir estudiando», argumenta Julio padre, quien además muestra la facilidad que los tres jóvenes tuvieron, con respecto a su situación y a la de su padre. Los tres jóvenes serán los herederos del comercio, aunque el oficio de sastre, se queda en la generación anterior.