«A las «rapadoiras» y «pedras de Llas» le siguieron las basílicas de chocolate»

A MARIÑA

Antonio Gumiel es la tercera generación de pasteleros, y ya tiene garantizado el relevo en el obrador donde elabora los bombones que encadilaron a Irlanda

17 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Por las venas de Antonio Gumiel, nacido en Saviñán (Zaragoza) bien podría circular azúcar. Tercera generación de pasteleros y 46 años de experiencia avalan una trayectoria profesional que inició a los 15 en Delicatessem Commodore (hoy Mayte Commodore). Cambió el vibrante Madrid de principios de la década de los 70 por la tranquilidad de Foz, donde se estrenó en el desaparecido Capitolio.

Asentada la vocación del pastelero, germinó un proyecto empresarial bautizado con el nombre de Amarena y que, a punto de cumplir la mayoría de edad, hoy cuenta con dos puntos de venta en la localidad. Antonio, que tiene garantizado el relevo generacional, elabora en su obrador distintos pasteles con los que también ha contribuido en la divulgación turística del municipio.

El arenal que ha sido durante años un símbolo del veraneo focense está situado a escasos metros de la pastelería de Antonio, donde después de diez años siguen elaborando los dulces conocidos como rapadoiras, empleando almendras, coco, azúcar, huevos y un baño de chocolate de leche. Fue el primero de los productos-reclamo turístico «que resultó un bum, tanto por la venta para los turistas como para la gente del pueblo».

A las rapadoiras -que reproducen la forma de la roca que le dio el nombre a la playa- le siguieron las pedras de Llas , un nuevo homenaje a otro de los arenales más emblemáticos. En el mostrador lucen los paquetes que guardan estos dulces elaborados con almendras y chocolate. «Es un producto que se vende bien y, a diferencia de las rapadoiras, mucha gente lo demanda para comer ya en el momento», explica.

Entre el variado surtido de artículos que adornan la pastelería destacan las reproducciones de chocolate y en miniatura de la basílica de San Martiño de Mondoñedo. El pastel con la imagen del templo se comercializa desde hace meses con muy buena acogida entre los clientes. Antonio aclara que la idea partió del Concello, en un intento de promocionar la basílica dentro y fuera de las fronteras gallegas. El objetivo se ha cumplido y hoy es uno de los reclamos del negocio, cuya especialidad son los bombones artesanos. «Es un producto que nos identifica mucho, sobre todo porque en Galicia los pasteleros que hacemos bombones somos contados». A sabiendas de que el gallego es goloso y no perdona un buen postre, Antonio confiesa que el que más gusta es el bombón de crema de licor. Los de Amarena se venden en Foz y también en la costa atlántica, en el establecimiento coruñés Praliné.

Los bombones que elabora Antonio son viajeros, él mismo confiesa la buena aceptación que tuvieron entre los irlandeses, coincidiendo con la estancia de uno de sus hijos en el país. A Madrid y a otros puntos llegan como encargos especiales.