Una veintena de mariñanos relatan su batalla diaria por llegar a fin de mes. La desaceleración económica se deja sentir, sobre todo, en los bolsillos más humildes
03 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Hablar de dinero, cuando escasea, produce cierto pudor. Ni una sola de las más de veinte personas consultadas para elaborar este reportaje ha querido ser fotografiada. Algunos, ni siquiera han autorizado a publicar su nombre para evitar que alguien les reconozca por la calle y les mire como «ese pringado que no llega a fin de mes, ni tampoco a los mil euros», temor que apunta Miguel, obrero viveirense cuya salario mensual no alcanza los 800 euros.
Para muchos, el denostado mileurismo representa una meta difícil de alcanzar. Cuando la cuesta de enero se prorroga indefinidamente, como parece ocurrir en estos tiempos de desaceleración económica, llegar a fin de mes constituye una batalla diaria sin tregua que, en algún caso, acaba en derrota. «Del 15 en adelante ves que te ahogas, el agua sube y sube y tú ahí, moviendo brazos y piernas para no hundirte. Como no aparezca tu familia con el salvavidas, no la cuentas», comenta Ángela, quien complementa su sueldo de administrativa a media jornada con unas horas limpiando y planchando en casa ajena.
¡Quien fuera mileurista!
Luisa trabaja en una conocida agencia de viajes. Cobra 620 euros, en dieciséis pagas anuales. Su marido, José Manuel, lleva quince años en una empresa de electricidad. Percibe 750 euros, con las pagas extras prorrateadas. «Nos salva que no pagamos casa, porque vivimos en un piso de mis suegros», cuenta Luisa. «Controlan cuándo entras y cuándo sales, pero hay que aguantar, sobre todo si quieres tener un hijo», reconoce.
Marcelino es mecánico. Su sueldo ronda los 800 euros. «¡Quen fora mileurista!», proclama. Teresa, su mujer, recibe una pensión por invalidez de poco más de 300. Lo poco que, milagrosamente, consiguen ahorrar lo destinan a su vástago, de 4 años. «As fins de semana fago apaños por aí», comenta este burelense aficionado a las motos. «A roupa e os zapatos comprámolos no mercadillo -añade Teresa-, unha semana comemos na casa de miña nai e outra na de meus sogros». El apoyo, logístico y económico, de padres y abuelos resulta vital.
«Os ovos, as verduras e os pitos traémolos da aldea. O único capricho que nos damos é a roupa, anque imos ás tendas máis baratas», señala Ana, divorciada y madre de una hija adolescente. Cuando el padre se retrasa en ingresar la pensión, la cuesta se empina y el único entretenimiento es la televisión. Los poco más de 800 euros que recibe esta camarera viveirense no dan para más. Descontados los 250 del alquiler del piso, los teléfonos, la luz, el seguro del coche y las tasas municipales, los restos no bastan ni para el café.
El reto de emanciparse
Harta de encadenar contratos en prácticas, explotada por 700 euros al mes (dietas por desplazamientos y comidas incluidas) y sin perspectiva alguna de mejorar, Mary Luz, ribadense, ha optado por opositar. «No puedes decir que no aunque las condiciones sean pésimas porque en cualquier empresa te piden formación y experiencia. Es la pescadilla que se muerde la cola. Te metes en las oposiciones a la desesperada, porque te ves sin trabajo ni posibilidades. Has invertido en tus estudios universitarios y quieres un sueldo decente», explica. Mary Luz se considera afortunada porque vive con su novio. Una amiga se ha visto obligada a retornar a la casa paterna ya que la remuneración, por diez horas diarias, no le da para independizarse.
La ayuda a la emancipación ha salvado a algunos de continuar bajo techo paterno. «Sin los 210 euros que te dan yo -admite Juan, un joven viveirense- ni siquiera me lo hubiera planteado. Así, voy tirando». A Luis y a Paula, la inestabilidad laboral -él, peón, y ella, autónoma- les libra al menos de preocupaciones por la subida del euríbor. Ni siquiera a largo plazo, sospechan, podrán afrontar una hipoteca. Otros mariñanos, como Paula, sí están dispuestos a sacrificar las copas de los sábados, al menos durante los meses de invierno, para comprar un piso, «bueno, es un apartamento de 45 metros cuadrados, pero de ahí no me mueve nadie (...). Y espero que tampoco lo tenga que hacer el banco», bromea.