Cuando el Prestige comenzó a embadurnar Galicia, una marea humana, espontánea y generosa, se echó a las playas para arrancar con sus propias manos el veneno que se nos vino encima. Voluntarios y marineros pasaron horas, durante días, respirando la evaporación del hidrocarburo y en contacto directo con el chapapote.
Ya entonces, algunas voces alertaron de que los monos blancos, las mascarillas de bricolaje y los guantes de fregar no eran protección suficiente. Ahora, estudios científicos vienen a corroborar lo que parecía evidente.
No era posible frenar a la gente que, con un justificado sentimiento de abandono, se lanzó a salvar lo que es de todos. Ahora el Gobierno debería al menos arroparlos con todas las atenciones médicas que sean precisas. Y seguir investigando qué le pasa al medio marino.