Crónica | Memoria de un creador El autor que describió territorios antes de conocerlos, robó a los dioses del Padornelo el don de la palabra, que dejó en herencia a sus múltiples lectores
27 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Allá por los años treinta del siglo pasado, cuando era un joven escritor que empezaba a deslumbrar con sus versos, Álvaro Cunqueiro proyectó un viaje. El lugar de destino era el este de Europa, y el resultado de la expedición, contundente: a un amigo mindoniense le prometió que le traería un traje de vicuña y un suavizador de piel de gamo de Rusia. No hay pruebas de que el desplazamiento se realizase, pero sí de que Cunqueiro tuvo gran afición por los viajes. Cunqueiro ya había ido al Conde Santo -en Lourenzá conoció a Fernández del Riego-, ya sabía lo que era atravesar la fraga de Rioseco para llegar al Riotorto de su familia materna y ya conocía el sonido del tren que pasaba por Lugo en sus tiempos de alumno de bachillerato, pero además empezaba a moverse con soltura en el mundo de la literatura. Se habla menos de otro viaje que Cunqueiro sin duda hizo y cuyos efectos son tan potentes como el primer día. Subió al olimpo que en estas latitudes tomó la forma del monte Padornelo, y robó a los dioses el don de la palabra. De palabras está hecho el mundo en el que hablan, en castellano y en gallego, Merlín, Ulises, Hamlet y Orestes. No debe de ser fácil una proeza semejante. Pero Cunqueiro era un ángel, y por eso tenía unas alas que a nosotros, sus lectores, nos ayudan a evitar angustias y laberintos. Hay veces, por supuesto, en que hasta los ángeles usan los métodos más prosaicos. Antes del fax y del correo electrónico Cunqueiro se pasaba por la imprenta de Mancebo, se sentaba y en poco tiempo escribía el artículo que mandaba a La Voz de Galicia por el autobús de la Empresa Ribadeo. Que las palabras de un ángel viajen en autobús es algo que no puede sorprender en una ciudad en la que lo imaginado está entre lo cotidiano. Los jueves, día de mercado, los menciñeiros Perrón de Braña y Borrallo de Lagoa pasean por Mondoñedo mientras hacen compras o se cortan el pelo; y el ángel, ahora sentado cerca de la catedral, los saluda.