LA TRIBUNA | O |
17 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.DE PEQUEÑA mi abuela mimaba mis vestidos de domingo como un tesoro que había que preservar de cualquier travesura, al menos hasta el día de fiesta. Hace años que en los cajones de mi armario se mezclan los lunes con los miércoles y los viernes, los jueves con los sábados y hasta los martes con los domingos. Ya no hay días de fiesta que justifiquen un estreno ni un atuendo especial. Tengo la sensación de que esta democratización del vestir, si es que puede llamarse así, es común. Pero lo que sí he notado últimamente es que hay coches de domingo, como antes vestidos. Lujosos y brillantísimos automóviles salen a pasear los domingos. Y con innegable aire de superioridad circulan con gesto chulesco y hasta abusón cuando, por azar, se cruzan con una catraquilla , como cariñosamente denomino a mi coche y a algún colega más. Tal vez sea una percepción falsa pero, cuando el domingo voy a por el periódico la catraquilla , entre temerosa y humillada, se arrima a la cuneta por si se aproxima un cochazo .