Siete días

J.ALONSO

A MARIÑA

LA TRIBUNA | O |

03 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SUBIÓ LAS ESCALERAS con una lentitud molesta. En el segundo piso la esperaba una asistente social, en un concello (¿importa cuál?) de A Mariña. Era una mujer que superaba con creces los cincuenta años, que cargaba sin disumulo con las cicatrices de toda una vida, demasiadas sin duda. Vestía una falda atemporal o clásica, como se quiera ver, y una gabardina de otro tiempo. Su mirada se ocultaba tras unas gafas de pasta gruesa y oscura. Verla, más que pena, escocía la conciencia, con ese resquemor que nos hace creernos culpables de algo, aunque no sabemos de qué, quizás de no hacer nada. Subió las escaleras lentamente y se sentó en una silla a esperar. Podría esperar toda una vida. Cruzó las manos sobre la rodillas y comenzó a morderse el labio inferior. Una y otra vez. Al rato pasó una chica y la saludó, fugaz pero afectuosamente. Ella esbozó una ligera sonrisa y asintió, dispuesta a esperar un poco más. Apenas cinco minutos después le mandaron pasar. Entró en el despacho y comenzó a hablar. Contó su historia (¿importa cuál?), y al rato salió. Parecía otra, sonriente, más confiada. Mirarla, ahora sí, apaciguaba la conciencia. No sé lo que encontró hablando con aquella chica, pero supongo que sentirse escuchada y apoyada tuvo mucho que ver. Fue una joven, de un departamento de servicios sociales, que no ocupa titulares de prensa, que todos los días convive con la desgracia y aporta su grano de arena, su calor, para buscar soluciones. Para esa gente anónima para quien la semana santa no son sólo siete días. Por vuestros milagros cotidianos. Gracias.