LA TRIBUNA | O |
11 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.NO PODÍAMOS creernos lo que oíamos ni lo que veíamos. Con una crudeza imposible de maquillar, la radio y la televisión escupían una terrible, hiriente y demoledora realidad. No salíamos de nuestro asombro, desconcertados, anonadados, consternados... No sólo no era un sueño, sino que con el paso de las horas acabó confirmándose como la más macabra de las pesadillas que pudieramos haber imaginado. Con la tensión y los nervios a flor de piel, aprovechabamos cualquier momento para pegarnos a la radio o al televisor, más atentos que nunca porque ante nosotros aparecía un infierno que pocas veces habíamos sentido tan cercano. Asesinos sin escrúpulos, mercenarios de la muerte, habían vuelto a teñir nuestras vidas de sangre y dolor. Tanta saña podría parecernos imposible si no fuera por la lacerante sensación de impotencia, de rabia e ira. Y en la calle, amigos y conocidos nos confirmaban nuestra inquietud, nuestra desazón, nuestro temor. Incluso miedo, porque, más que nunca, ya no cabían dudas de que todos somos víctimas potenciales, de que cualquiera puede estar algún día entre los heridos o los muertos. Nos queda el poder de la solidaridad y de la libertad. Y nos aferramos a él, porque queremos vivir en paz.