LA TRIBUNA | O |
15 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.HACE UNOS días me vi en la obligación de desplazarme hasta Madrid, en concreto al aeropuerto de Barajas. La ida fue tortuosa, con un sol de justicia derritiendo el asfalto que me obligó, al llegar a la terminal uno, a coger una botella de agua y vaciarla sobre la cabeza ante la mirada sorprendida, pero también envidiosa, de muchos pasajeros. El regreso fue mejor, como suele ocurrir con todos los regresos, dicho esto en el más amplio sentido de la palabra. Salí a las doce y con parada incluida en Arévalo para cenar, a las cinco de la madrugada ya me encontraba en un pub de Ribadeo tomando una copa, filosofando sobre cuánto hemos avanzado y dónde quedan aquellos viajes de horas interminables en autobús hasta la capital. Ahora en cinco horas nos ponemos en Madrid y en hora y poco en A Coruña. Pero este hecho, real, más que servirnos de alivio nos debía soliviantar, al recordar cuán retrasados estábamos... y aún seguimos estando. Porque lo normal, digo yo, es hacer el viaje a Madrid en cinco horas, no en nueve. Y lo penoso es que ésto debería haber sido nomal hace ya varias décadas. Claro que cuando no tienes nada, las migajas parecen montañas. Pero son migajas.