A doscientos metros de altura, planeando como un pájaro, las sensaciones son irrepetibles Desde el aeródromo de Vilaframil se pueden realizar vuelos en ultraligero
27 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Sobre las nueve de la noche, con el cielo comenzando a encapotarse, llegamos al aeródromo de Vilaframil. Es tarde, la noche amenaza, pero las condiciones son idóneas para disfrutar de un vuelo en ultraligero y acepto la proposición sin pensarlo dos veces. Miguel Díaz, el presidente del club aéreo y mi piloto, saca del hangar un ingenio de aluminio y lona de, calculo, menos de 200 kilos. Enciende el motor y mientras se calienta ponemos los cinturones de seguridad. Me pregunto para qué pueden servir en caso de emergencia. En fin, lo pongo. El motor suena con estrépito. Miguel comienza a acelerar y se persigna. ¿A qué viene eso? Me responde que siempre lo hace. No tiene mayor importancia, pero sin duda no es un estímulo tranquilizador. Esto no tiene nada que ver con volar en avión. Instantes antes de despegar vamos a 60 por hora -me dice Miguel-, pero no miento si afirma que dentro del ultraligero parecen muchos más. Su forma, endeble, engaña y comenzamos a volar sin dificultad. Conforme ganamos altura la vista se hace más y más espectacular: el fuerte de San Damián, Santa Cruz, la ría, la costa... apenas cogemos corrientes y el vuelo relaja como una ducha caliente. Miguel planea y me enseña recovecos que desconocía. Igual que los pájaros, dice. Cierto. Tras media hora de vuelo descendemos. Entramos en la pista a unos 80 kilómetros por hora que parecen muchos más. No sé por qué pienso que si una rueda golpease contra una piedra saldríamos despedidos hasta Rinlo. Pero no hay ningún problema. Como siempre. Miguel me invita a repetir otro día. Lo haré. Seguro.