«Hasta que no pongo los pies en Viveiro no siento que estoy en España. Yo amo este pedazo de tierra, si todos los gallegos de allá sintiesen lo que yo... Siempre que he podido, he venido». Por lo que cuenta, son más que palabras. De hecho, Pedro Trigo ha aprovechado estos días para visitar la casa donde pasó los diez primeros años de su vida, en Miñotos, Ourol. -¿Guarda recuerdos de su niñez? -Entre otros, mi primera escuela, al lado de la capilla del Carmen, en Miñotos, donde eramos pocos niños. También me acuerdo de alindar vacas, recoger castañas o de ir a ver bailar en la pista de baile... -¿Cómo lo ha visto ahora? -He de reconocer que se ha adelantado mucho, que se vive en mejores condiciones que en mi época (1928-1937), a tono con la evolución experimentada por la sociedad. Aún así, no deja de ser lamentable ver cómo todos esos lugares están despoblados... También me han llamado mucho la atención esos molinos de viento, los aerogeneradores, que se llaman ¿no? Por cierto -dice riéndose- yo le declararía la guerra a los eucaliptos, al menos para que no hubiera tantos.