Cuarenta barcos con base en los puertos de la comarca zarpan hacia las Azores para iniciar una nueva costera Amanece y aunque no lo parezca en el puerto de Burela no es un día más. Mientras varios boniteros aún conservan las banderas y las ramas de laurel con las que fueron adornados para la procesión del marítima del domingo, otros ya no están. Los que quedan enseñan las varas apuntando a proa, afiladas como aguijones, mientras los marineros cargan las bodegas con víveres. Una embarcación enfila el espigón del muelle, dejando un tímido rastro de espuma. Con las varas abiertas a babor y estribor parece una mariposa que muestra el camino que seguirán el resto de barcos. Amanece en Burela y comienza otra costera del bonito. ¿El destino? Las Azores.
05 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Son las once de la mañana y en el Villa de Ondarroa se ultiman los preparativos para zarpar. Mientras unos marineros comprueban los aparejos otros cargan alimentos y bebidas. Con cierta parsimonia, como quien es consciente del duro trabajo que queda por delante, el resto de barcos se van pertrechando para la costera. A lo largo de la semana zarpará el grueso de la flota. Las expectativas son muy positivas, pero el mar será, como siempre, quien dicte sentencia. Una decena de barcos cargan las últimas provisiones. En sus bodegas se puede ver un poco de todo, desde cajas de vino a botes de refrescos y cerveza. Llega un furgón de una panadería y descarga sacos de barras en Nuestra Señora de la Blanca. Un mareinero recoge una empanada y se recrea ante una cámara de la Televisión de Galicia. En tanto Ángel Acción, jefe de servicio de Salvamento de Capitanía Marítima, va de barco en barco repasando con las tripulaciones las nociones aprendidas en los cursos de supervivencia. Resulta curioso, instantes antes de zarpar, ver a once marineros practicando en un simulacro de alarma, con los chalecos salvavidas puestos. La actividad propia del puerto va por libre, ajena a los boniteros. Para muchos son horas de supersticiones, cada patrón tiene las suyas, como la que impide embarcar en martes. Quizás por ello algunos marineros toman un último café. Rondando el mediodía sale otro barco. Las escenas de emotivas despedidas escasean. Alguien comenta que «quenes non faltan casi nunca son as mulleres dos mariñeiros de Cabo Verde». El Croque , de Cariño, carga hielo. La lluvia del mediodía sorprende a casi todos sin traje de aguas: «É igual, no mar vai chover máis», bromea uno. Pero apenas hay risas. Es como si todos tuviesen presente el trabajo que espera; una primera marea decisiva, de 20 a 30 días, dependiendo de las capturas. Dos días en puerto y, de nuevo, a la mar. Así hasta octubre. A escasos metros, en la explanada del muelle, otros obreros desmontan y recogen las atracciones de la fiesta.