De culo, mal


Sufro una carencia importante de culo. No supone ningún tipo de problema a la hora de hacer la caca, ella sabe a qué hora venir y siempre avisa con antelación. Es, quizás, la relación más ordenada y puntual que tendré nunca.

Pero de culo, de eso, ando mal.

Fui llenando todas las noches de aquel agosto con pañuelos de papel amontonados en los bolsillos traseros de mis vaqueros. Aquel agosto me convencí de que si no había culo no habría amor, y ante la imposibilidad física de que fuese a crecer haciendo algún tipo de deporte para el que no estaba preparado -y que todavía no existía un wonder bra de culos- decidí que los clínex eran un buena solución.

Aquellos pocos pañuelos de papel no solo hicieron crecer mi trasero: consiguieron que mi autoestima caminase por delante de mí y ya no tuviera que tirar de ella como si se tratase de un perro vago que ya no quiere caminar.

No sé si fue mi seguridad pasajera, la forma redonda y perfecta de mi culo o una de esas tontas casualidades que pasan, pero cuando quise darme cuenta una de esas chicas que nunca merecí me ofrecía cócteles en el porche del bar que da a la playa. El que tiene nombre de santo. Me hablaba y yo me acicalaba el -poco- pelo, vanidoso, yo, que solo conozco la vanidad como una revista de tendencias.

Me invitó a un tópico pero imprescindible paseo por la orilla. Sentí mi transformación inminente en un Chris Isaak barato y de pueblo. La empujé a la arena, el agua nos salpicó y la besé, o me besó. Qué más da.

Cuando las maneras se enredaron más allá de lo inocente, echó sus manos a mi trasero topándose con dos gurruños de pañuelos empapados en mis bolsillos.

La espantada fue brutal.

Aquel agosto afiancé mi relación ecuánime con hacer la caca. Al menos sí sé que, ahí, el culo no me va a fallar.

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