No sin las fanequeras

isaac pedrouzo CON CHANCLAS

AL SOL

30 jul 2017 . Actualizado a las 20:34 h.

En la vida existen tres tipos incómodos de «ex»: el examigo, la exnovia y el exhermano. Sin un orden específico.

Mi hermano y yo dejamos de ser familia un día de agosto del 86. En realidad no dejamos de ser familia, hay un papel guardado en alguna parte que te une a ciertas personas toda tu vida. La verdad es que solo dejamos de ser hermanos.

La obsesión patológica y hereditaria de mi padre por usar calcetines para bajar a la playa, disputaba diariamente un combate a muerte -siempre sin vencedor final- con lo obcecado de mi madre porque usásemos fanequeras incluso para ir al baño del chiringuito. Ahora ya se usan hasta para ir a grandes festivales de verano.

Como si fuésemos protagonistas de The Sims en la vida real que reciben ordenes con un solo clic, ciertos comportamientos venían con la inercia del día anterior, pero cuando uno es niño nunca olvida esa sensación de pequeña revolución. El riesgo emocionante de ser insumiso. Mi hermano mayor y yo decidimos aprovechar esa media hora de somnolencia tras el bocadillo de mediodía que mi madre tenía a medio camino entre la fase REM y la baba en la toalla. Nos quitamos las fanequeras color carne -si es que eso es un color- y corrimos hacia la orilla como dos jabalíes: mirando al suelo y llevándonos por delante cualquier cosa o persona que hubiese en el camino.

Pero no todas las revoluciones terminan bien. No todos somos Rick Deckard. En la tercera patada a la espuma de la orilla noté como una aguja me atravesaba la planta del pie. Lo sentí hasta en las orejas. En los ojos. Dolía más que la picadura de aquella avispa gorda el día anterior. Grité. Grité impotente, como el que no sabe qué hacer. Mis padres acudieron al segundo. Miraron mi pie. Miraron a mi hermano. «Tienes que mearle encima, eso aliviará el dolor». A pesar de que la idea era lo contrario a cualquier solución atractiva, accedí a ser meado detrás de las rocas donde los adolescentes se escondían a fumar.

El bálsamo fue casi instantáneo. La humillación del que mea y la del que es meado no tiene ningún tipo de perdón. Mi hermano y yo dejamos de ser hermanos ese día. Ahora, al menos, podemos mirarnos a la cara.