El material de Wikileaks debe ser tratado como lo que es, datos no información, y olvidar el mensaje mesiánico de Assange
24 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.En el 2007, cuatro mercenarios de la empresa Blackwater que escoltaban un convoy del Departamento de Estados norteamericano abrieron fuego en la plaza Nisur de Bagdad contra lo que tomaron por una multitud hostil. Aquella masacre se hizo célebre por indiscriminada y por el número de víctimas civiles: diecisiete.
Sin embargo, si uno va a los papeles filtrados ayer por Wikileaks y busca este incidente se encontrará con que solo aparecen registrados nueve muertos, además de otros errores.
Los fallos son del militar norteamericano que elaboró el informe. Wikileaks no hace sino reproducir esa equivocación de manera mecánica, porque lo que nos ofrece son datos, no información. Es solo un ejemplo de por qué el material de Wikileaks debe ser tratado como lo que es y no como lo que no es, sin quitarle ni exagerar su importancia.
Lo que nos proporciona Wikileaks no es la verdad, como un tanto mesiánicamente proclama su creador, Julian Assange, sino una ventana abierta a la burocracia de la guerra, lo que no es poca cosa, pero no es exactamente lo mismo.
Resultado de una pauta
En esos papeles vemos solamente lo que los soldados norteamericanos consideraron necesario dejar por escrito y la manera en la que ellos lo vieron. Y ese es su interés: que reflejan un modo de percibir la realidad y un modo de actuar. Eso es lo más interesante de estas filtraciones: que nos muestran que los incidentes que ya conocíamos no eran casos aislados sino el resultado de una pauta.
Podemos ver cómo no es cierto que se haya hecho nada por impedir la tortura ni que se hayan tomado medidas para impedir la muerte innecesaria de civiles. El refinamiento de las técnicas de comunicación había logrado dar la impresión a algunas personas de que las democracias ya no cometían crímenes de guerra más que por error. Los papeles de Wikileaks dejan claro que esto no es así. No es una sorpresa, pero sí una constatación.
¿Pero tendrá consecuencias esa constatación? Assange siempre ha planteado su trabajo como un activismo, no como una forma de periodismo, y en ese sentido ha dado con una fórmula mágica. La combinación de secretos revelados, Internet e idealismo hacen que sus filtraciones reverberen en todo el planeta cada vez que se producen. Pero al mismo tiempo también ha ido descubriendo que la simple exposición de las mentiras no significa el triunfo de la verdad.
Hay que recordar que sus filtraciones anteriores, mucho más escandalosas y concretas, se perdieron en el debate sobre la ética de revelar los nombres de los implicados. Nada hace pensar que esta nueva filtración vaya a tener más consecuencias y creerlo supone quizá ignorar la manera en cómo se construye la opinión pública y la dificultad de que esta influya en los Gobiernos. Ahora sabemos más sobre Irak, y quizá eso sea todo.