Chávez muerde el polvo

Leoncio González REDACCIÓN/LA VOZ.

INTERNACIONAL

El resultado electoral del domingo abre un período de gran tensión política en Venezuela hasta las presidenciales del 2012

28 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Venezuela es junto con Cuba la excepción en el despegue económico de América Latina que protagonizan Brasil, Chile, Perú o la vecina Colombia. Tiene sus raíces, en parte, en el aumento de las exportaciones de materias primas pero, en parte también, es el resultado de aplicar políticas fiscales más disciplinadas que las del pasado, de tomarse en serio la lucha contra la inflación y de seducir a los inversores internacionales introduciendo mayor competencia en los mercados.

Por contraposición, las recetas bolivarianas ponen el énfasis en una intervención exorbitante del Estado que socavó la seguridad jurídica, penalizó la iniciativa privada y enmoheció el aparato productivo. Como consecuencia, después de once años al frente de Venezuela, Chávez no solo no corrigió ninguno de los desequilibrios graves con que se encontró al llegar al poder sino que condujo a su país a una pérdida progresiva de posiciones en comparación con los de su entorno que le impide beneficiarse de la ola de crecimiento que baña la región.

Este es el trasfondo del resultado de las elecciones legislativas del domingo: le dan una victoria al locuaz mandatario en términos matemáticos, porque seguirá teniendo de su lado a la mayoría del Parlamento, pero al mismo tiempo suponen un duro golpe para su proyecto político y lo obligan a caminar encima de arenas movedizas. La mayoría del electorado ha dicho con claridad que está harta de la forma prepotente pero ineficaz en que gobierna, y le ha entregado a la oposición armas para que limite su poder omnímodo y lo someta a control.

El resultado es sombrío para Chávez por varias razones más. La mayoría que sale de las urnas no es fruto de una genuina expresión popular, sino obra de artimañas jurídicas que quiebran la proporcionalidad entre los votos obtenidos y el número de actas en la Cámara. Además, está muy por debajo del límite de 110 diputados que el propio Chávez estableció como barrera por debajo de la cual consideraría un fracaso la jornada.

Por último, proyecta una gruesa sombra sobre sus opciones de ser reelegido. Al haber planteado las elecciones como un plebiscito y defendido que equivaldrían a unas primarias de las presidenciales del 2012, debe apencar ahora con el hecho de que, si se repitiesen los resultados del domingo dentro de dos años, tendría que dejar el palacio de Miraflores.

Esta perspectiva abre un período de enorme tensión política en Venezuela. Las urnas confirman que está dividida en dos grandes bloques incomunicados que, tanto por ciento arriba, tanto por ciento abajo, se mantienen invariables a lo largo de las últimas consultas. Si bien Chávez consigue movilizar a sus leales, no logra erosionar los apoyos de la oposición, que aguanta con obstinación sus embestidas.

Cualquier otro presidente intentaría la vía de la cohabitación, pero Chávez ha llevado demasiado lejos su «modelo» para retractarse ahora. No le resultará fácil ni cómodo negociar con sus adversarios para neutralizarlos, ni estos le facilitarán la labor porque han olfateado que su mayor enemigo puede haber mordido por fin el polvo.