Por si quedaba alguna duda sobre la confianza del Ejército en la Administración Obama tras la salida de tono del general Stanley McChrystal, el secretario de Defensa, Robert Gates, y el jefe del Estado Mayor, almirante Mike Mullen, comparecieron ayer juntos para apoyar sin reservas la decisión del presidente.
Gates había defendido la continuidad de McChrystal al frente de las tropas en Afganistán hasta que comprendió que su caída era inevitable, según fuentes de la CNN. Inicialmente el jefe del Pentágono consideraba que pese a sus irreverentes comentarios a Rolling Stone , McChrystal seguía siendo el mejor hombre para ganar la guerra. La Casa Blanca, sin embargo, entendía que si el presidente no tomaba la drástica decisión de relevarlo de inmediato daría una señal de debilidad no solo en el Ejército sino a sus enemigos y a sus aliados.
Junto a Gates, el almirante Mullen deploró «la falta de respeto» mostrada por el general a la autoridad civil. «El Ejército es un instrumento neutral. No tenemos el lujo de introducir la politización en nuestra misión», dijo.
Ninguno de los mandos supo explicar lo que no logran entender los expertos, en qué estaba pensando McChrystal cuando dio esas declaraciones explosivas a la revista y ni siquiera intentó evitar que salieran publicadas, pese a haber sido consultado por Rolling Stone .
Prueba de lo desconectado de la realidad que estaba el general es que cuando el escándalo saltó a la prensa de medio mundo y fue convocado urgentemente a Washington todavía dijo a un periodista de Associated Press no tener ninguna señal de que lo fueran a despedir. El miércoles, cuando subía los escalones del Pentágono, otro periodista le preguntó si traía escrita su carta de dimisión.
«Oh, vamos, tú deberías saber mejor cómo funcionan estas cosas, por supuesto que no», le contestó. Dos horas después tuvo que ponerla sobre la mesa del Despacho Oval, donde Obama la aceptó con una celeridad que no se le conocía.