Muchos observadores piensan que la trágica muerte del presidente Lech Kaczynski, ultraconservador, euroescéptico y adversario de Rusia y Alemania, puede abrir una nueva etapa para Polonia. Un país que se debate entre un pasado trágico y cargado de victimismo y rencor y un presente que se abre camino hacia la modernidad, en plena etapa de intenso crecimiento económico, modernización social y funcionamiento democrático que tiene poco que envidiar al resto de la Unión Europea.
Kaczynski -y el partido Ley y Justicia (PiS) que le daba apoyo- representó a sectores populares golpeados por la traumática transición del «socialismo real» a la economía de mercado, recelosos de la modernidad y de Europa, anclados en la tradición, y sensibles al clericalismo y el rancio discurso nacionalista polaco.
Aunque Polonia sigue siendo un país sustancialmente conservador y económicamente más atrasado que la media de la UE, el despegue es un hecho irreversible, siendo el único de la OCDE que no ha entrado en recesión.