Estaba claro desde un primer momento que los desplazamientos iban a ser el talón de Aquiles de la misión en Haití. Las regiones montañosas han sido siempre un reto para los ejércitos y la mayoría de los fallecidos en misiones militares en el extranjero han sido víctimas de la orografía. En Bosnia eran los vehículos motorizados (sobre todo los blindados) los que sufrían accidentes. En Afganistán han sido los helicópteros, como ahora en Haití. Este tipo de aeronave tiene ya de por sí una siniestralidad elevada. Pero nada hay que reprochar al modelo de helicóptero accidentado. Esta variante del Bell AB-212 que se fabrica en Italia está pensada sobre todo para la lucha antisubmarina, pero se utiliza mucho como transporte medio y para misiones de búsqueda y rescate, precisamente porque necesita poco personal y es muy estable. Ya habían sido muy útiles, por ejemplo, en la crisis del huracán Mitch , en Centroamérica. Este aparato en concreto, en principio, no estaba obsoleto, y la Marina asegura que no tenía problemas de mantenimiento. No parece tampoco que el piloto cometiese ningún error.
El problema es otro. Se trata de la ruta, que sobrevuela la localidad llamada proféticamente Malpasse ('Mal Paso', en creole) y que es, sin duda, un paso peligroso. Las montañas hacen barrera, con lo que la niebla y las lluvias son muy frecuentes. Tanto que el pueblo de Fond-Verretes desapareció por completo en las inundaciones del 2004 y lo que llamamos con ese nombre no es sino un campo de refugiados situado montaña arriba. Fue aquí donde otros once militares perdieron la vida el pasado noviembre cuando su avión se estrelló en el mismo lugar. Pero el hecho es que, en vuelo desde Santo Domingo a Puerto Príncipe, no hay otro camino posible y, de hecho, el piloto lo conocía bien. Ha sido mala suerte, simplemente.