La psicosis se revivió en Detroit

Victoria Toro

INTERNACIONAL

El intento de atentado contra el vuelo 253 de la Northwest Airlines estadounidense ha vuelto a convulsionar al mundo. A pesar de que el terrorista nigeriano, Umar Farouk Abdulmutallab, falló en su intento, demostró que la seguridad de los aeropuertos está muy lejos de ser correcta.

02 ene 2010 . Actualizado a las 22:39 h.

El joven nigeriano que esta semana intentó hacer volar por los aires el avión que hacía el trayecto de Ámsterdam a Detroit tomó dos vuelos, primero uno de la compañía holandesa KLM desde Lagos, en Nigeria, hasta Ámsterdam y luego otro, de la Northwest Airlines. Ni en el aeropuerto de Lagos ni en el de Ámsterdam se detectó que llevaba consigo el suficiente explosivo como para volar un avión. Desde hace años, pero sobre todo desde los atentados del 11 de septiembre, los viajeros sufren incomodidades, retrasos, esperas y colas en nombre de la seguridad de sus vuelos. Cuarenta años han servido para que los aeropuertos pasaran de ser lugares amables a los que se llegaba poco antes de la salida del vuelo y a los que se acudía a despedir a familiares y amigos casi hasta la escalerilla del avión a búnkeres superprotegidos a los que los viajeros deben acudir con horas de antelación para ser sometidos a innumerables controles de seguridad.

Antes de los años setenta, los aviones solo eran vehículos de transporte. A partir de esa fecha algo cambió. Primero se convirtieron en posibles objetos de secuestro y poco más adelante, en blancos para las bombas terroristas. A partir del 11 de septiembre, se demostró además que podían llegar a ser armas catastróficas. Y cada paso siniestro que han dado los terroristas en su escalada de destrucción, ha obligado a las autoridades a aumentar las medidas de seguridad tanto en los aeropuertos como en los aviones.

En los años sesenta comenzaron en Estados Unidos, y otros aeropuertos de países occidentales, los esfuerzos por evitar los secuestros de aviones. El Gobierno de Washington se planteó incluso que viajaran agentes de las fuerzas de seguridad en los vuelos, pero era obvio que no había agentes suficientes para todos los vuelos y los secuestros siguieron ocurriendo.

La consecuencia de ello fue que a finales de 1972, la Administración Federal de Aviación estadounidense obligó a las compañías aéreas a realizar controles de todos sus pasajeros y el equipaje de mano de estos. Esos controles comenzaron el 5 de enero de 1973. En Estados Unidos, esa función se dejó en manos de compañías de seguridad privada que contrataban las propias líneas aéreas.

Pero a partir de noviembre de 2002, la ley estadounidense traspasa el control de esa seguridad de las compañías aéreas a la Administración federal. Aunque en los aeropuertos llamados X, que son los que tienen mayor tráfico de viajeros y considerados blancos potenciales para los terroristas, el Gobierno estadounidense subcontrata los controles a compañías privadas de seguridad.

En los aeropuertos estadounidenses, los viajeros que van a tomar un avión deben pasar su equipaje de mano, cualquier objeto que lleven consigo y sus zapatos por un escáner que detecta explosivos. Además, deben pasar por un arco detector de metales y, en algunos casos, someterse a un cacheo o una inspección más profunda con detectores de explosivos.

La obligación de quitarse los zapatos comenzó tras diciembre de 2001 cuando el terrorista Richard Reid consiguió embarcar en un avión que hacía el trayecto de París a Miami con explosivos en sus zapatos. El terrorista no consiguió detonar el artefacto pero demostró que los fallos de los controles de seguridad, tal y como ha ocurrido ahora con el intento de volar el avión de Detroit.

Las autoridades estadounidenses han impulsado el desarrollo de tecnologías de seguridad, como los escáneres de cuerpo completo que desnudan virtualmente a los viajeros no se han utilizado hasta ahora por las protestas de los grupos defensores de los derechos civiles pero es más que probable que se conviertan en habituales. Como lo será la utilización de sofisticados aparatos capaces de detectar explosivos mediante chorros de aire que analizan las moléculas que se desprenden.

Pero los expertos insisten en que es imprescindible la utilización de superordenadores que analicen todos los datos de los viajeros, desde sus propiedades, casa, coche? hasta sus gastos, sus preferencias, sus amistades? de forma que puedan hallar potenciales inclinaciones terroristas. Y a pesar de las más que seguras protestas de las organizaciones que defienden la privacidad de los viajeros es seguro que volar obligará, cada vez más, a dar toda una serie de datos personales a las compañías aéreas.