Frédéric Mitterrand acudió por orden del presidente al telediario de la noche para negar que su obra «La mala vida» sea autobiográfica
09 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.La mala vida,
de Frederic Mitterrand, apasiona a los franceses, incrédulos ante la posibilidad de que su ministro de Cultura pueda haber caído en la apología del turismo sexual. La culpa la tienen un libro que publicó hace cuatro años y la vicepresidenta del Frente Nacional, Marine Le Pen, que ha conseguido que incluso un amplio sector de los socialistas se sumen a su petición de dimisión.
Ni la presentará ni tampoco se la exige Nicolas Sarkozy, que hace solo unos meses calificó la obra de «valiente y con talento». El presidente lo convocó ayer con urgencia en el Elíseo para ordenarle que diera explicaciones públicas en el telediario de las ocho, después de dos duras jornadas de vapuleo en los medios de comunicación.
«Condeno absolutamente el turismo sexual, que es una vergüenza; condeno absolutamente la pedofilia, en la que nunca he participado de ninguna manera, y todos los que me acusan deberían avergonzarse», aseguró el ministro, abrasado a derecha e izquierda. La mala vida apareció en el 2005 y fue un éxito editorial, con más de 190.000 ejemplares vendidos. La crítica lo presentó entonces como «una autobiografía mitad real, mitad soñada» en la que el sobrino del único presidente socialista de la República repasaba su infancia de niño mimado y su adolescencia atormentada por los sufrimientos que le provocaba su homosexualidad.
Describe su gusto por la clandestinidad, su costumbre temprana por pagar los servicios de sus amantes y «los rituales de esas ferias de efebos, esos mercados de esclavos que lo «excitan enormemente», aunque sabe «lo que hay de verdad, la miseria ambiente, el proxenetismo generalizado, las montañas de dólares que reportan, mientras los chavales no obtienen más que migajas». Pero reconoce que eso no le impide volver.
Ayer negó que fuera una autobiografía, sino «una forma de contar una vida que recuerda a la mía, pero también a la de muchos otros que tienen que sufrir con su diferencia». Reconoció haber cometido «un error, sin duda, pero no un crimen, ni siquiera una falta», porque sus relaciones han sido «siempre consentidas» y con gente mayor de edad.
La ultraderechista Marine Le Pen aprovechó la ferviente defensa que hizo Mitterrand de Roman Polanski para ventilar los trapos sucios. Que un ministro de Cultura pusiera la mano en el fuego por el realizador que hace 30 años abusó de una menor ya había levantado ampollas.
La izquierda francesa, normalmente respetuosa de la vida privada de sus rivales políticos, decidió que no se podía tolerar la continuidad de un ministro que se permitía animar al delito ahora que Francia está en campaña contra los viajes sexuales a costa de los menores.
En la mayoría de la derecha, el escándalo escuece. La mayor parte del Gobierno lo respalda con la boca pequeña y sin entusiasmo: es la ocasión perfecta para recordarle a Sarkozy que no siempre es bueno dar los altos cargos a aquellos que un día, aunque fuera lejano, fueron parte de la izquierda, afirman.