Los sin techo unen a las grandes penurias su preocupación por el futuro
09 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Ya han pasado tres días desde que el terremoto los dejó sin casas. Lo peor es que los supervivientes no saben cuándo podrán volver a la ciudad, ni tan siquiera si su vivienda aún sigue en pie. Si durante el día el sol calienta, la noche en la montaña de los Abruzos es dura en esta época del año. Las temperaturas varían entre los cero y los cuatro grados y es difícil combatirlas bajo una simple tienda de campaña.
Hay familias enteras, niños, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales que se han quedado sin nada y que con una paciencia infinita esperan su turno para recoger un plato de pasta o usar los váteres químicos. Cada tienda la ocupan unas diez personas. Los más afortunados están en familia o con amigos, mientras muchos otros duermen con desconocidos. Dentro, sencillos camastros con sábanas y mantas nuevas. «Preferimos dormir en las tiendas y no en el coche. Es más seguro, se puede descansar algo. Pero el problema son los ancianos, hace mucho frío para ellos», se preocupa Elena D'Ascenzo, de 24 años, mientras su marido, David Zanini, de 25, la mira.
En sus rostros aún hay miedo porque las réplicas no terminan nunca. Los voluntarios recorren el campamento repartiendo mantas, botellas de agua y medicinas, sobre todo a los ancianos. La gente bendice a los socorristas que trabajan sin descanso desde el lunes. «Hacen lo que pueden. Han pasado solo dos días. Es difícil hacer más de lo que hacen», comenta el joven Zanini.
Un gran número de damnificados prefieren pasar la noche durmiendo en sus coches. Algunos han podido acercarse a sus casas a recoger algo de ropa, documentos o dinero. Desiré, una niña peruana, cuenta que lo que más extraña de su casa son los libros, mientras su padre agradece que aún estén vivos.
Miedo al olvido
«Lo que más afecta es la incertidumbre, no sabemos lo que va a pasar, nadie nos dice nada», explica Krasniqi Dritan, un albanés de 31 años. Como él, son muchos los que no saben cómo será su mañana. Sin casa y sin trabajo, el futuro no parece muy halagüeño. Las preguntas de Massimo Battista, de 40 años, resumen la situación: «Perdimos el trabajo, la casa, ¿qué va a pasar con nosotros?, ¿a dónde nos vamos?». Preguntas sin respuestas. De momento, su casa es una tienda azul que comparte con otras siete personas. «Necesitamos que todos se movilicen: las empresas, el Estado, otros países», insiste. Hay miedo a que se olviden de ellos una vez pasada la emergencia y que, cómo la historia reciente de Italia muestra, la reconstrucción se prolongue una infinidad de años.
Poco a poco, las autoridades envían grupos de familias a hoteles de la costa Adriática, donde las condiciones de vida son mejores. A los que llegaron días pasados se añadió ayer un nuevo grupo de 8.000 personas. Muchos de ellos van y vienen cada día desde la costa hasta L 'Aquila. Como la familia de Federica Di Matteo: «Una pariente es policía municipal en L 'Aquila y debe ir todos los días», cuenta. Otros vuelven a la ciudad para recoger algunas pertenencias en las casas semidestruidas. Una queja es común en todos ellos: la empresa concesionaria de la autopista les cobra el peaje.
Solidaridad campesina
En los pueblos destruidos, las ayudas han llegado con más dificultad y retraso. Allí, la gente no quiere separase de sus propiedades, sobre todo de sus animales, vacas, gallinas... que hay que atender todos los días. La cadena de solidaridad campesina supera obstáculos. En Onna, el pueblos que más ha sufrido el terremoto, los vecinos se han organizado con cocinas de campaña y dormitorios en los galpones de aperos. La vida sigue. Este es el objetivo de toda la zona. Ayer se abrieron los primeros comercios en L 'Aquila y el alcalde espera que hoy lo haga algún supermercado. Otros cargan su coche de cosas y escapan, sobre todo del centro histórico, que se ha convertido en una ciudad fantasma. Las escuadras de técnicos para comprobar la habitabilidad de los edificios empezarán a trabajar hoy. No hay muchas esperanzas de salvar el centro medieval. Serán solo unos pocos los que pronto volverán a sus casas.