Si los desafíos económicos que afronta Obama son enormes, no es menos imponente su agenda de política exterior, sobre todo cuando se espera el fin del unilateralismo de Bush y que se pronuncie sobre la invasión de Gaza.
El mundo musulmán se mostró entusiasta con su victoria, viendo en el horizonte una cara muy distinta a la del presidente que invadió Irak y que dio un cheque en blanco a Israel. Pero nadie espera un cambio radical en la política proisraelí de Washington, certificada por la elección de varios puntales de su equipo: Hillary Clinton y Rahm Emanuel. La cercanía de la futura secretaria de Estado al Comité de Asuntos Públicos EE.?UU.-Israel es bien conocida. Por su parte, el jefe del gabinete sirvió en el Ejército israelí y es hijo de un ex miembro de la milicia sionista Irgun. Obama no hace ascos el plan de paz saudí del 2002, en el que se ofrece a Israel el reconocimiento árabe si se retira de los territorios ocupados en 1967.
Otro frente no menos peliagudo es Irán. Es en este punto donde la nueva Administración debe desplegar lo que Clinton llamó «diplomacia inteligente»: diálogo, aunque sin descartar ninguna opción. El mundo también estará pendiente de la retirada de Irak y del rompecabezas de Afganistán, país al que considera, junto a Pakistán, el frente de la guerra contra el terrorismo. Pero el refuerzo de tropas para combatir a los talibanes no solucionará el problema de un Ejército afgano en pañales y el tráfico de opio. A Latinoamérica le propuso abrir una nueva página en la que entraría Cuba y la izquierda populista liderada por Chávez. En Europa, primero tendrá que decidir sobre el escudo antimisiles que lo enfrenta a Rusia. Por último, todo el mundo espera que Obama mire hacia África, la tierra de su padre.