África, las urnas y las armas

Leoncio González

INTERNACIONAL

En lo que va de siglo, son ya seis los procesos electorales vividos por el continente que desembocaron en matanzas

29 jun 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

La historia, ciertamente, no se repite. Pero el reguero de detenciones, torturas y asesinatos que ha convertido la farsa electoral de Zimbabue en una historia de terror produce una sensación de déjà vu a la que no es posible sustraerse.

Con los que ha montado el Mugabe vetusto que suplantó al líder del mismo nombre que un día fuera héroe de la descolonización y la lucha contra el apartheid, en lo que va de siglo ascienden ya a seis los comicios presidenciales que han terminado manchados de sangre en África. Hace tan solo unos meses, el recuento de votos hizo de Kenia escenario de un ajuste de cuentas colectivo que se cobró 1.500 vidas. Poco más de un año atrás, el pulso entre Umaru Yar'Adua y sus adversarios en Nigeria se llevó por delante a varios cientos de personas. La violencia también se adueñó de Togo, causando entre 400 y 500 muertos cuando la defunción de Edayema disparó la pugna por su herencia. Con anterioridad, en el 2001, la autoproclamación de Ravalomanana dejó decenas de cadáveres en Madagascar y en el 2000 el duelo entre Robert Guei y Laurent Gbagbo en Costa de Marfil se dirimió a tiros en las calles.

Obviamente, un número tan elevado de casos en un período tan corto de tiempo revela la existencia de una pandemia que corroe la política africana de arriba abajo, de forma muy parecida a como destruye el sida la salud del continente. Podría definírsela como la dificultad de organizar la alternancia por procedimientos pacíficos, como se hace por ejemplo en Europa, si no fuera porque esto es solo el síntoma que se aprecia en la superficie. Por debajo, en la raíz, está el rechazo frontal de los grupos que alcanzan el poder a dejarse sustituir o a compartirlo si no es por medio de la fuerza. Una negación de la competición democrática como principio rector de la convivencia en la que se impone el que intimida más y mejor y que no es ajena al dato, desmoralizador, de que en el listado de Estados fallidos que ha publicado este año el Fund for Peace, 20 de los 35 países peor situados pertenezcan al continente africano. Zimbabue, por cierto, es el tercero del ránking por detrás de Somalia y Sudán.

Derechos humanos

Por desgracia, no cabe hacerse ilusiones sobre cambios inminentes que mejoren este cuadro clínico. Como acaba de mostrar la experiencia de Birmania, donde ni tan siquiera se consiguió hacer llegar directamente la ayuda a las víctimas del ciclón, el intervencionismo en nombre de los derechos humanos está de capa caída. Llena las bocas de muchos en Europa, donde nutre el discurso políticamente correcto y aplaca la mala conciencia de la opinión pública, pero choca una y otra vez contra el muro de los hechos.

Las instituciones internacionales que tendrían que movilizarse en su nombre están paralizadas por las discrepancias entre sus miembros y no traspasan el umbral de las condenas rituales sin efectos disuasorios reales. Por lo que respecta a los Estados que en el pasado se pusieron debajo de esa bandera, como Estados Unidos en Serbia y Somalia, están ocupados en otros frentes más rentables para sus intereses o hipotecados, como Inglaterra, por un pasado colonial no menos tortuoso que el presente en el que campan a sus anchas los matones de Mugabe.

También África está lejos de encontrar un antídoto para el extendido mal que padece porque, como bien ha dicho el amo de Zimbabue de los dirigentes vecinos que ahora lo presionan para que se marche, no tienen las manos menos sucias que él. Y el país que podría ejercer el liderazgo moral en el cono sur del continente, la patria de Mandela, está demasiado condicionado por las complicidades que sus actuales dirigentes forjaron en su día para deshacerse del dominio blanco con los que hoy mandan a su alrededor. La suma de todas estas circunstancias supone un paraíso para los Mugabe de hoy y mañana. Permite sobrevivir a los que están en activo a poco que resistan e incentiva la aparición de otros en el futuro, conocedores de que el castigo que les espera por sus pecados es insignificante en comparación con los beneficios que obtendrán por cometerlos.